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P. josi§: DE atfüéib§ 699 estaba -vestido de duros cilicios ; y disimulaba esta macerac1on exterior con una perpetua y amable serenidad que, naciendo de su corazón pací– fico, la reflejaba en su faz, siempre a:l:egr.e"Y'iúblloso; con su porte dulce y ameno llegó a cautivar los corazones de cuantos le trataban, fueran ca':" tólicos, herejes o turcos. «Mas si, al menos, nos hubiese concedido Dios que hubiera muerto entre nosotros, esto habría mitigado alg·(m tanto nuestro dolor. Pero no: ¡ha muerto viajando , lejos de nosotros '. .. , en momento de tánta necesidad para nuestra misión .. ! ¿Cuál habrá sido su ·angustia al verse morir en tierra extraña, sin tener a su lado a uno de los suyos y en circunstancias tan críticas! ¡Oh Dios mío! ¿Es que no éramos dignos de un padre tan so– lícito? ¿Es que mis pecados os han constreñido a tomar una . medida tan severa para con nosotros? O más bien, ¿es que Vos, oh Padre providen– cial, ordenasteis la salida de vuestro fiel siervo de Orfa no para buscar un panteón a sus ovejas, sino únicamente con el fin de dar digna sepultm,a a aquel noble corazón que tanto se fatigaba y padecía por Vos? Si así es ... , si este es vuestro divino beneplácito, oh Bondad divina, Bondad adorable, -yo con la más profunda reverencia adoro y doy gracias, rendi-:-– damente, a vuestro.cuidado paternal hacia aquel que fielme.nte os sirvió .. • !3ienaventurado él, que en v_erdad pudo decir: Cursum consumavi, fidem servavi». . Aquí cortamos el hilo de este hermoso documento que no parece una carta, sino el paneg·írico de un santo, hecho por los que fueron testigos de sus virtudes en la misión cie Orfa. · Quince años después (1860), quisieron los exclaustrados andaluces incoar el proceso de beatificación y con este fil) recabaron del párroco de Colina eltestimonio anteriormente citado, .certificando las raras virtudes del pa_dreJosé en s~t infancia y adolescencia y fama de santidad .que dejó tras de sí cuando visitó de misionero a sú pueblo natal. Los promotores eran los padres Diego José y Félix María de Cádiz, que enviaron sendos testimonios al padre Joaquín de Madrid, comisario apostófico de España. El padre Félix, después obispo de Cádiz y por tanto testigo excepcio– nal , afinnaba: «Conocí al reverendo padre fray José de Burgos, predicador y lector de la Orden de menores capuchinos, a los tres años de mi ingreso en dicha Orden. Cuando yo estudiaba en nuestro convento de Ecija, tuve el gusto de conocerlo por pririlera vez con motivo de pasar el padre a Extre– madura con otros dos padres a hacer una misión. Me pareció lo que 1:1 los demás religiosos de aquella casa, un verdadero capuchino y un mi– sionero lleno de celo y humildad. Al año siguiente pasé a Extremadura y cabalm~nte a los principales pueblos, en donde hizo misión , y encontré muy conmovidas las gentes por la predicación del padre Burgos y muy . lleno d~ satisfacción el ilustrísimo señor obispo ,- don José Casquete de Prado, por los abundantes frutos que había producido en sus diocesanos. Tuve, después, ocasión de verlo y aún de acompañarlo desde Sanlúcar de Barran~eda hasta Cádiz, y me afirmé más y más en la idea primera. de. que era un verdadero hijo del seráfico padre san Francisco. Todo esto pasó en cuatro o cinco días. Pero cuando ya ví y toqué lo notable de este varón verdaderamente seráfico, fué en la época de nuestra exclaustración

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