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P. J,ó_Sl3 DE. BURGÓS 693 la imagen d,el terror en el centro fún-ebre de su triunfo, se pone· toda . en conmoción, declara guerra cruel y par·ece quiere acabar con los campeo– nes del evangelio. ¡Qué escena tan pavorosa! ¡Qué cuadro tan triste! ¡Qué espectáculo tan horre]ldo! ¡Ah'! Quien contemplase a unos cuantos pasto– res, rodeados de una multitud de lobos, de tigres, de leones y leopardos, que con sus ahullidos horrorizan, con su rechinadero de dien1es espantan , con sus garras amenazan y con su fiero semblante infunden el pálido te– rror de la muerte, podrá formar una idea tal cual adecuada a la crítica posición en que mis carísimos conmililones y yo nos hallábamos los días, 20. 21, 22 y 23 de mayo. ¡Oh días memorables! El Cadí, el Muftí, los Efen– dís y Grnndes del país se reunieron alrededor del Bajá para deliberar sobre nuestra suerte. Cuadrillas de herejes y mulsumanes se juntan en varias casas particulares. Los Imanes de las mezquitas discurren por tódas partes, ar;rebatados del celo más en1usiasta por defender los negros errores del Alkorán. Grupos de gentes se dejan ver en las calles y plazas sin otro objeto que conspirar a nuestra ruina. En las reuniones de todos r;ailgos sz pronuncian sentencias contrarias a . nuestro establecimiento. Unos dicen: mueran los blancos. Otros: No permilimos que existan en nuestro pqís los latinos. Aquellos claman: Muchos siglos hace que no hemos visto aquí Iglesia católica; poi consiguiente no la queremos. Per– sigamos, pues, sus sacerdotes, demos muerte a sus secuaces, y no des– cansemos hasta ver exterminada esta nueva corporación. Tales son las voces que, héÍciendo eco en todos los ángulos de la ciudad, ponen en consternación a sus moradores. Órdenes amenazadoras se conminan a los obreros de nuestro Hospicio. Los maestros y oficiales de la obra huyen despavoridos. Nuestros pobrecitos católicos se retiran desconsolados y se esconden a llorar su desgracia en lo más oculto de sus domicilios mien– tras los herejes , motores de esta guerra, se ríen, se congratulan y t'le preparan para entonarlos cánticos de su imaginario triunfo. ¡Triste cuadro! «Mas nosotros los misioneros, ¿qué hacemos en tan doloroso c@n– fücto? ¿Podríamos ver con ojos enjutos el malogro de tantos trabajos, de tantos sudores y de tantos sacrificios hechos hasta aquí para llevar ade– lante la ardua empresa que se nos había encomendado? ¿Habían de per– manecer insensibles nuestros corazones a tan espantosas amenazas, o habíamos de abandonar un campo, donde tan abundantes frutos reco– gerse pueden? ¿Qúién tendría corazón para desamparar a tantas almas que, cual ovejas místicas de María Santísima la Divina Pastora, reciben de continuo el espiritual alimento, · que por medio de no:sotro:s :su:s za galea les dispensa? ¿Seríamos indiferentes a la pérdida de tantos millares de hereje8 que se hallan ya prontos a entrar en el seno de nues1ra Madre la Santa Iglesia Católica? ¡Ah! ¡He aquí el sentimiento! ¡He aquí el cuchillo fiero que traspasa nuestro pecho con más vehemencia que pudiera hacerlo la guadaña.ensang-rentada de la misma muerte! En vano buscábamos pro– tección y consuelo en la tierra, ingrata mansión del hombre. No había otro remedio para tan grande mal que recurrir al cielo y, a ejemplo de los ninivitas, del pueblo de Israel y de otros muchos pueblos cristianos cuan– do oprimidos de una destructora calaniidad aplacaron las iras del Altísim'o llorando lo_s sacerdotes entre el vestíbulo y el altar y consagrando algu– nos días a la oración y ejercicios espirituales, providenciar nosotros esj~

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