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P. RAFAEL DE VELEt rai. Las .autoridades tomaron sli medidas y .hasta el pueblo se les unió por la fama del prelado. Después de comer salieron cuatro piquetes de solda– dos a la · carretera para rendirle honores. Era un día de calor asfixiante, el sol achicharraba. Pasaron dos o tres horas y el arzobispo no aparecía. Los jefes y las tropas, sofocados por el calor, comenzaron a impat:ien– tarse y a murmurar: - ¡Nosotros aquí sufriendo ... , en cambio vendrá él en su litera sin molestarse ... !- Avanzada la tarde, se desplazó a caballo un teniente para ver si divisaba la comitiva, y ya lejos topó con tres frailes, el capucho sobre sus cabezas, apoyados en sus báculos, llenos de polvo, .con s.ólo el equipaje de una alforja, que llevaba el hermano lego. El te– niente los paró, preguntándoles con cierta ironía: -¿Han vjsto ustedes si viene por ahí el excelentísimo señor...? - ¿A quién se refiere?, contestó el más anciano,_: A su excelencia el arzobispo de Santiago, porque lleva la tropa esperándole mucho tiempo y con tanto calor ... -El arzo– bispo de Santiago, hijo mío, soy yo.- ¿Cómo .. .? -Mira, hijo, la insig– nia del arzobispado - y sacándose el pectoral del pecho se lo mostró, añadiéndole. · -¿Para qué esa tropa? Que se retiren los pobrecitos sol– dados -y no sufran por mí.- El tenie.nte, atónito, se cuadró , saludó mili– tarmente a su excelencia, y con su .venia marchó volando a dar aviso a la tropa; .. La impresión de jefes y soldados al ver la figura del padre Vélez no es para descrita. Todo Burgos se conmovió y a voz en grito repetía el pueblo: ¡Esto es un fraile, esto es un fraile! Hemos dicho que el padre Vélez, al morir, dejó su corazón al semi– nario, centro de sus amores y sacrificios . Esto no fué un símbolo, sin.o una realidad, deseada por él, demandada por el clero y cumplida por sus testamentarios. De su cadáver se extrajo el corazón y, encerrado en una redoma con alcohol, fué entregado a los superiores del seminario ; c¡ui'e– nes, al recibir tan preciosa reliquia, la colocaron ~n lugar preferente ; y aún hoy se guarda en la capilla interior de la que fué universidad ponti– cia tras una lápida que dice: D. O.M. EXCMUS. D. F. RAPHAEL VELEZ, ARCHIEPISC. ·- COMPOST. SEMINARII TRIDENTINI .IPSIUS - METRÓPOLIS FUN0ATOI~. IN TESTIMONIUM - FILIALIS GRATITUDINIS, COR EJUS BENE - FICENTISSIMUM, SEMINARII PRECIBUS, - FlllT HIC I?ECONDI– TUM. R. l. P. - OBIT, 3 AUGUSTI ANN. D.• 1850. - DIVES EGENIS, SIBI PAÜPER. La fama de santidad le acompañó en vida y sig·uió a su muerte. Algu– nos ancianos que le conocieron y que vivían a principio de este siglo, al hablar del padre Vélez no podían hacerlo sin exclamar: ¡Era un santo, ern un santiño! Esta voz es la que oyeron de sus padres y abuelos y lc1 que · se repetía en los hogares de toda lc1 archidiócesis. Los muchos retrntos del padre Vélez pintados a raiz de su muerte se hacían no pc1ra decorar•las casas , sino en recuerdo de su santidad. La prensa de aquel tiempo fué muy expresiva en proclamarla sin ambajes ni titubeos. La Esperanza escribía: «El padre Vélez será citado siempre como un ejemplo de prelados. Laborioso, prudente, imparcial en la distribución de los destinos eclesiás– ticos, a los cuales llamó constantemente a las personas que juzgaba más dignas , prescindiendo de toda clase de solicitudes , recomendaciones e in– fluencias; sostenedor firme de los derechos de la mitra, que hubiera consi– derado como una prevaricación ver menoscabados por neg·Iigenciá suya, pero en cuya defensa se conducía con admirable moderación; humano y
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