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P. RAFAEL DE VELEZ 647 ria! dándole las gracias por su magnanimidad y ·exponiéndole los gran– des consue_los que experimentó su alma por el contenido relig·i~so de la real orden en bien de la Iglesia y de España. No pueden leerse siri lágri– mas estos tres documentos ni la carta del cabildo a su prelado anunciándo– le su libertad, ni la contestación de éste, ni aun la relación de la entrevista del padre Vélez con la reina, la cual, a pesar de su juventud, quedó pren– dada de la hierática figura y de las virtudes del arzobispo. En general esta era la impresión que producía a cuantos le trataban. En esta ocasión lo visitó Balnies en Madr!d y dejó de ello testimonio en una carta áI director de La Civilización, don Joaquín Roca, a quien dice: «Ant~s de ayer llegó a ésta el arzobispo de Santiago y hoy he tenido el gusto de visitarle, indicándole que usted me había escrito para que viese que usted por su parte había cumplido, Me ha prendado la amabilidad de su excelencia y muy particularmente la humildad evangélica que i·espira su persona> (1). · El r¿cibimiento que le. hizo Santiago fué, en frase del cronista, deli– rante de júbilo y entusiasmo. Para no caer en el tópico manido de las re- señas, anotaremos sólo las ca.usas que lo inspiraron. · Lº-La injusticia y duración del exilio. 2. 0 -La caridad del prelado para con los pobres e iglesias necesitadas, privados de su protector. 3. 0 -La simpatía y santidad del é!rzobispo que captaron siempre la voluntad y amor de su grey. Por todo lo .cual tomó er cabildo medidas muy extraor– dinarias para el Te-Deum y misa en acción de gTacias, haciendo cor.star que no servirían cie antecedente para otros casos. Su e_ntrada en la ciudad fué el triunfo de la justicia; las es.cenas m&s emocionantes se repetían en todas las calles; muchos caían de rodillas.Te abrazaban sus plantas y besaban sus piés; el pueblo no cesaba de cantar: Oye, oye, oh ilustre ptelado, el clamor de tu iglesia qúerida que, al verte en su seno, ya olvida la orfandad que angustiosa ha llorado. Vióte allende del mar furecido, cual padre amante sin hijos, y al perder tu afanes prolijos también sola lloróle perd-ido: Y tu grey. sin pastor cuidadoso, buscó en vano, abatida su calma, aquel pasto divino, que al alm·a alimenta en fervor religioso. Y el mendigo, que gime en su estancia, de tu mano no el pan recibiera; y el que, huérfano, solo se viera, sin tu auxilio lloraba en su infancia. Tantos ruegos y votos al cielo ofrecidos con fe reverente 1. _Obras completas, t. I. epist., p. 281. La i;arta está (echada en .. Madrid, 29 de n:a1zo de 1844.

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