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jP.. RAFAEL DE vt!LBZ toda su obra misional en todos y cada uno de los pueblos, sino también s~r, como Ella, el vigilante defensor de la grey de Jesucristo. Para esto qui– so prepa:-ar a los sacerdotes que habían de apacentar su rebaño. Santiago, a pesar de la importancia de su sede, carecía de seminario. Los aspirantes al sacerdocio se fórmaban en la universidad civil, invadida p~r las ideas del siglo, y pronto, como todas las españolas , sería secula– rizada. El ambi1.mte, más que propicio, era adverso.para cultivar las voca– ciones. En el primer año de su pontificado se percata de la trag·edia, y al siguiente con ánimo intrépido emprende tras largo expediente la fundación del Seminario conciliar de san Clemente , y sin pararse ante el ca'lvario de la~ obstrucciones ni en los cuantiosos gastos invertidos, sin ayuda del g·qbierno, logra vencer todas las dificultades inaugurándolo en 1fü.9. : Para su mejor y próspera vida lo dotó de un 'plan perfecto de estudios, otro de d'sciplina y un tercero para la formación espiritual de los se1~1ina– r istas. Nombró un cuerpo de profesores capacitados, retribuyéndolo con nómina generosa, adelantándose a las normas actuales de la Santa Sede, y además lo enriqueció de buena biblioteca para la que consig·nó un pre– su!puesto anual. La obra cumbre del pontificado del padre Vélez es el se– m(nario , al que le deja, al morir, su corazón , que aún lo conserva como tdtimonio de su solicitud y am ') r por el sacerdocio. . Su celo apostólico y g-ran caridad no le permitían que su clero, al salir del seminario, quedase abandonado espiritual y materialmente: y con este do 1 ble objeto empieza su segunda grande empresa, la casa permanente de ejercicios espirituales, que serviría también de acogida a Venerables. esto es \ a los sacerdotes ancianos o enfermos pobres, que en aquellos tiempos y ~n diócesis tan extensa eran numerosos. Doscientas camas preparaba coh este fin, pero tuvo que cambiarles su destino provisionalmente por la re~parición del cólera, desti~ando la fundación a lazareto de pobres con- tagiados. . : Entretanto ocurrió la muerte de Fernando VII . en 1833; Cristina, la reina gobernadora, se hechó en brazos del partido libei·al; vuelve el régi– me;n constitucionalista y esta lla la guerra civil, que dividió a España en dos .bandos irreconciliables , el de los carlistas y el de los liberales, Por me;ra sospecha se confinaban a los prelé¡dós, como sucedió a los de Sevi– lla; Zaragoza y Tarragona. El padre Vélez, señalado como baluarte de la tradición, no podía es– capar a los tiros de la demagogia progresista, que, no hallando flaco por donde atacarle, fingió un delito de alta traición, asegurando que tanto las camas que reunía el arzobispo como la casa de Venerables se destinaban a cuartel de los carlistas. Acusado de conspirador, sin sustanciación de causa y por una medida gubernativa , fué en abril de 1835 desterrado a Mahón. donde permane– ció nueve años viviendo de la providencia. ¡Quien lg iba a decir que su excelsa caridad sería el cuerpo de delito para el destierro! Allá en su retiro bebió el cáliz del dolor hasta las heces: no era ·1a ofensa personal lo que más . apenaba su corazón, era l.a orfandad de su grey, la excla,ustración de los regulares, la desamortización de los bienes de la Iglesia, la intimación a su cabildo para que entregue la plata y el oro de la basílica, la de Espartero exigiéndole treinta mil ducados , la~ upresión del tributo anual de España a· su pa•trón Scrntiago, y, sobre todo. la corr up-
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