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t> . RAPAeL DE VÉLBZ 639 En abril de 1807 pasa al convento de Ecija para explicar filosofía a un nuevo curso de esti,:diantes (1); aquí le sorprende la invasión de Andalucía por los franceses y , para salvar a sus discípulos, se trasladó con ellos al convento de Cádiz, donde se iban refugiando muchos jóvenes de nuestros co legios. Mirando por su bien, a fines del 1811, dispuso el provincial, que todos estudiaran teología «bajo la dirección del padre fray Rafael de Vé– lez» (2). En este y en los dos años siguientes fué Cádiz la sede de la~ cortes, antro de impiedades y errores, donde confluía todo el jacobinismo de la revolución francesa contra el altar y el trono. Una minoría de diputados , sjn pgderes legítimos y mandataria del extranjero , nos trajo el virus de la Endclopedia, condensado paliativamente en la Constitución aprobada de grado o por fuerza en el 1812. Tras su proclamación vino la libertad de prensa, en realidad un bo– chornoso Lbertinaje. Los papeles o periódicos pululaban por ensalmo en Cádiz , en su mayoría blasfemos, perseguidores de la lgiesia, de sus dere– chos y r:1inistros . El sacerdote, los obi•.pos y hasta el Sumo Pontífice eran objeios de sus burlas y de los más vergonzosos ultrajes, que nos resistimos a transcribir. Publicóse el Diccionario crítico burlesco, colmo de injurias a la Religión católica , profesada en la Constitución. España lo mir'ó con escándalo y varios obispos lo condenaron. En las cortes se le– vantó la voz de los buenos para exigir la recogida del libelo y el castigo de su autor. La primera censura les resultó favorable; mas luego vino el cohecho, la componenda entre bastidores con el triunfo del autor y su obra , y la ruda persecución a sus acusadores. Este era el ambiente 'general et~ los const:tuyentes . ··· Rápidamente se aprueba la ley suprimiendo la santa Inquisición , ese tribunal debilitado por ellos y a quien debe España su salvación. «Se– ría necesaria- dice el historiador Walsh - nada menos que una revo lución francesa y un Napoleón para quebrantar la barrera levantada por Fernan– do e Isabel y dejar a los enemigos del Cristianismo en libertad de prepa– rarse, poco a poco, para el 1931 y 1936» (3). No satisfechos con tan arbitraria y perjudicial medida, intentan humi– llar a la Iglesia obligándola a publicar, durante la santa misa, el decreto de abolición del santo tribunal. Porque el cabildo eclesiástico representa a la regencia que se digne, en atención a las leyes y cánones .vigentes, ordenar la suspensión de la lectura del decreto , se persigue a los representantes y, a pesar de que fué leído, se les expulsa y se suspenden sus temporalidades contra todo derecho y la misma Constitución. Por el mismo supuesto delito se ataca al nuncio de Su Santidad , lo enjuicia el ministro an te la regencia como a un malhechor, obstáculo in– superable para la tranquilidad, y propone que, avisándosele, debe salir de la nación antes de las vein ticuatros horas. ocupándosele sus temporalida– .des. Si no con tanta crueldad e ignominia, al fin el nuncio fué víctima de la f111piedad y salió extrañado hacia Portugal con su frente alta y limpia para ~loria del Pontífice a quien representab~. · 1. lb., f. 96. - 2. CRÓN ICAS ~.de Cadiz, f. 221, - 3. Tomás Walsh , en s\1 H1sTORIA DI: F ELIPE II, p. 769,

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