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P. JUAN EVANGELISTA DE UTRERA 631 gas espiritualmente. El que tiene la dicha de verse embriagado así, ya está afirmado en Jesucristo. ¡Excelente embriaguez, que obra y produce la sobriedad del alma! Los ángeles no tienen mejor maná, delicias más apre– ciables; Dios no posee en sí mismo, cosa más deleitable que lo que se nos da en este manjar. ¡Esposa feliz, alma escogida, alégrate! El Rey eterno te ha introducido en las bodegas de su amor, y esa claridad que ordena todas tus obras, esa hermosura, esa robustez que experimentas en tí misma, con la quz .te burlas del mundo y de cuanto él tiene de precioso, de ahí ie ha provenido. Mas, ¿quién nos ha proporcionado este tan delicioso pasto, sino nuestra celestial Pastora? Antes de la encarnación Dios no podía ser pasto, ni alimento; su divinidad era inaccesi))le y no tenía cuerpo con que poder recrear nuestras almas y acariciarlas: este bien se lo debemos a María. El !a nos ha dado con su leche este manjar. «Si, por último, se entiende aquel maná que encerraba en sí mismo todo deleite, simboliza las gracias, dones y misericordias con que Dios regala a sus escogidos: sepa el orbe que está resuelto por la Divinidad que Ella sea el acueducto del paraíso de la Trinidad Beatísima, que por Ella han de pasar las aguas que han de regar el huerto del Señor, esto es. la Iglesia Santa, las almas fieles. Por Ella ha de pasar el agua de la doc– trina, para que se purifique de errores; el agua de la gracia, para que se adorne de flores y frutos; y el ªflUél de las tribulaciones, cuando 'manda·la corrección, a manera de luz, para que la aflicción nos dé inteligencia de lo que Dios quiere de nosotros (lsai., 28, 19). Por este acueducto-dice el sabio Idiota-nos ha venido jesucristo y con El el agua de la salud eter– na. Ella ha podido tocar la fuente de aquellas aguas, que estáq sobre los cielos para derramarlas sobre los hombres, esto es, para comunicar to– rrentes de gracias (De B. V.M., p. 14, c. 17). Acueducto lleno-dice san Bernardo-, de cuya plenitud todos reciben. Por él fluyen en la Iglesia los dones de las gracias (De Nat. V. M. , serm. de aq.). Y en verdad ¿qué favor, qué auxilio ha comunicado el Altísimo a sus criaturas , que no haya sido el pasto de esta riquísima Pastora? Hablen los siglos que han prece– dido a su existencia, los que le siguen y seguirán hasta la consuma– ción » (1) . Aquí cortamos la cita que sólo nos da una idea vaguísima de esta ma– ravillosa exégesis contenida en veinte páginas de letra menuda. llenas de profundos pensamientos bellamente expresados hasta leerse con fruición y sin cansancio. Así es todo el libro, rico en figuras y metáforas, y muy útil para la lectura y pr:edicación. Puede afirmarse del padre Utrera que fué después del padre Isidoro el que ha escrito con más extensión sobre el ¡jastorado de la Santísima Virge·n, péro·nadie como él lo hizo tan ordenadamente, con tanta unidad, con tan bello estilo y con tanta gracia y riqueza literaria. Entre las poblaciones que más frecuentó el padre Juan Evangelista, reavivando la devoción a la Divina Pastora, cuéntanse, además de Sevilla, Utrera, Jerez y Cádiz, donde se veneran imágenes puestas al culto por el venerable padre Isidoro. Queremos recoger algunos acontecimientos de 1. b ., ff. 8.7 y 1.

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