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i>. ji.IAN EVAGELISTA DE ÚTRERA . busca de la oveja que había arruinado y perdido el pecado; y un. pastor 'nó ha de presentarse a la faz de los montes y collados y selvas, no a·1a vista de los humanos sino con el traje propio; su habitación debe ser una cho- za, sus armas un cayado, su vestido una pellica. · «¿Mas cómo ha sido esto? ¿Qué brazo ha sido tan inmenso que ha po– dido llegar h,asta donde Dios habita, encantarle el corazón y hacerle que se cubra con las pieles miserables de la humanidad? ¡Ay! ¿Y por qué he de decir yo con labios impuros, con el corazón lánguido, con el alma tibia un misterio que es el origen de toda la economía de la reparación, el que ha descubierto por sí mismo hasta donde llega la benignidad y humanidad de nuestro Dios y el que ha enjugado las l~grimas de todos los mortales? ¡Oh tí:, soberano Espíritu, que, a donde bajas, iluminas y al que te comu– nicas, ii1flamas! Electriza mi corazón en estos momentos, enciéndeme, ilústrame, quémame, no dejes en mí nacja que te disguste, nada que se oponga a h:i luz santísima. Yo quiero que todos conozcan no sólo el autor y consu111ador de nuestra fé, sino también a la criatura dichosísima por donde se ha comunicado este bien inefable. Que sepan la e·conomía dul– císima con que se han verificado los arcanos de tu amor; ·Que no haya en los cielos ni en la tierra ni debajo de ella un corazón .que, al oirlos, no exclame: ¡Bendición, honor y gloria y potestad por los siglos de los siglos al que está sentado sobre el trono, al que, siendo Pastor de todos los seres, es también el precioso Cordero de nuestra Divina Pastora, que lo ha hecho tcido humano y dedicado a nuestro bien! Quiero que no haya un alma que no se conmueva al entender este prodigio de amabilidad, de dulzura y de amor. Escuche este portento el humano linaje y no vuelva más a quejprse de la desgracia a que le redujo el crimen primero. No se aflija, no se desespere, no repita la voz de execración contra el dia en que comenzó a respirar el aire común. El enfermo, el débil, el que está redu– cido a la miseria y el desamparo, suspendan sus lágrimas y quejidos. Alégrese el pecador que, cual oveja incauta, se había dejado seducir y ya veía abierto a sus pies el báratro de la eterna ruina. Serafines, estad aten– tos, cielos escuchad ... «El que no tiene necesidad del hombre, le dice: Mio es el ·orbe y cuanto en él se encierra. El que le manda al sol que no nazca, y no nacé, el que andá sobre las hinchadas olas de los mares, el que hace cosas sin número y sin guarismo, estando en el seno de su propia felicidad _:_permítaseme que lo diga así- como un rey poderoso en lo más -retirado de su gabinete y en lo más delicioso de su reclinatorio, entonces una mu– jer her1110s·:ísima en extremo, Una jovencita que desde los años eternos había sido el g-rande reso!·te destinado a poner en movimiento sus desig– nios in~fables, una Pastorcita graciosísiri1a que al hechizo de su candor juntabél tales atractivos, tales virtudes tan sublimes, tan heroicas, tal fra– gancia suavísima, que llegó a ser el pasmo de los serafines, ésta triunfó., de cierto modo, del invencible y se hizo tan dueña de su corazón, que re·– solvió bajar hasta su mismo tálamo, ser todo lo que ella es y adornarse con el traje que ella le preste. Ved aquí la gloria inefable de M¡:iría Santísi ~ ma, Pastora amabilísima de cuanto hay fuera de Dios y aún del mismo Dios. Esta Señora, considerada como la apacentadora del Vúbo huma– nado, y como la dispensadora de todos los bienes que la unión hipostática en las dos naturalezas, divina y humana, ha traído al mundo, es el sello

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