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P. JUAN EVANGELISTA DE UTl?BRA 623 Para lograr esta floración en cada pueblo desplegaba una actividad pasmosa, animando al clero y a los fieles sin amilanarse · cuando se le presentaban estorbos y contradicciones, poniendo para vencerlos el sacrificio de su propia humillación. Recuérdese lo que decía la primitiva Hermandad en uno de los docu– mentos del capítulo anterior: «Ahora ha presentado la Divina Pastora un varón virtuoso y sabio por notoriedad , amable y celosísimo del culto de la Madre de Dios, fervoroso y con deseos de exhalar su últimp aliento por el bien de las almas; hoy tengo el extraordinario júbilo y placer de notificar a vuestra reverendísima que este campeón es el orador de la no– vena ,4e este presente año , el reverendo padre Juan Evangelista de Utrera: mejor que nosotros sabrá vuestra reverendísima sus excelentes y aprecia– bles cualidades. Todos los días de la santa novena ha estado insinuando sus deseos (de restablecer el Rosario), y pareciéndonos un sueño cuanto de su boca se le oía, no le decíamos cosa alguna; mas a proporción de las inspiraciones que María Santísima influía en nuestro orador, se insi– nuaba más y más, tanto que dió motivo para que los hermanos le fueran contestando hasta decirle: - Padre nos parece estamos viendo un vivo retrato de nuestro amado fundador, hasta con el mismo destino de cro– nista.- A lo que contestó el padre: -Dejémonos de indirectas, pues yo no aspiro a más de lo que soy en mi Religión. El amor que le tengo a mi madre me desvive para asistir a este santo Rosario y predicar todas las tardes de los días fectivos; estoy tan dispuesto , que ahora mismo volvería al púlpito y después iría a acompañar a la Señora en su estación, y a to– dos los encaminaría al Rosario, y me hincaría de rodillas ~elante d,e aquellos que lo rehusasen , como lo ejecuté en Galicia. Todo esto lo pro– firió el padre, acabando de predicar, empapado en sudor con la ex1rema– da calor estacional » (1). Estos elogios, en boca de la primitiva Hermandad, tienen un valor imponderable y exaltan la figura del padre Utrera a la categoría de los más eminentes apóstoles de la devoción . Fué ciertamedte, un gTan imitador de dicho venerable, infundiendo los viejos fervores a la primitiva Hermandad, y siguiendo los pasos de su predicación hacia las otras Hermandades que aquel fundara particu;ar– mente la d2 Cádiz, a la que debió predicar su novena en mayo del 1813, cuyo panegírico se conserva en el tomo XII de sus sermones. Igualmente lo imitó dedicando a la Divina Pastora uno de sus princi" pales libros, la vida del padre Verita, cuya dedicatoria, inserta anterior– mente, termina. con estas amorosas y humildes palabras: «Mirad también la multitud de verdades y máximas cristianas que aquí se vierten como otros tantos silbos que se dan a las ovejas descarriadas para q_ue vuelvan a su redil. Mirad también que, como capuchino, soy también vuestro hijo, aunque sin merecerlo, que tiernamente os ama y el amor, como es ciego. tiene por propiedad característica suya no detenerse en reparos, sino de– jarse caer cieg·amente en los brazos del objeto amado sin más · mérito pa– ra ello que el amor mismo .. Con éste me presento a vuestros sacrosantos pies en nombre de toda mi provincia de Andalucía y especialmente de esta vuestra amante y piadosísima ciudad de Sevilla. Con este amor llevo Véase en p. 603.

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