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34 LA DIVINA PASTORA Y BL BTÓ. DIEGO J. DE C. vincia de Valencia. pas_9 en 1706 a la jurisdicción de la de Andalucía, y el padre provincial tuvo que establecer allí una comunidad de capuchinos an– daluces. Entre los que marcharon iba el padre Oviedo, que debería ser el héroe de la campaña , empezándola con santas misiones. A pesar del cam– bio, la fiebre persecutoria no decreció. Presentarse un capuchino al públi– co en tales circunstancias era para sufrir la persecución del pueblo y ser befa y ludibrio de la plebe con peligro de la vida . Lo menos que se le decía , era: Ahí va el traidor, y, después , todo lo que a esto seguía. El padre Oviedo, como san Pablo en el Agora de Atenas , empezó su misión predicando por las calles y plazas , siendo blanco de las iras del populacho que lo tildaba de traidor , falsario, embustero y demonio , con otros mil vituperios. Sólo su virtud, y aquella humilJad que imprimía a sus palabras y actos, y su inmensa caridad para los prójimos, pudieron sobrt'.– ponerse a aquella ola de odio , que el espíritu del mal había levantado contra los capuchinos. Pero al fin , a fuerza de constancia y con el eficaz medio de su sencillez seráfica y ejemplar vida, predicándoles casi a diario en los puntos más comprometidos de la ciudad , logró captarse la voluntad de los murcianos en forma tan cabal y decisiva, que , según afirma el padre Isido– ro , «al acabar sus sermones se oían llantos , gemidos , golpes de pechos , que parecía aquella plaza una Nínive penitente, por haber entrado en ella un Jonás evangélico, resultando todo en el convento, a donde iban , innu– merables, a pedir a Dios misericordia por medio de una buena confesión , y ya apellidaban santos , a los que antes llamaban desleales y traidores , ansiando todos besarle el hábito y la mano, teniéndose por afoFtunados los que podían hablarle aunque fuese una palabra» (1). El cardenal Belluga , obispo de Murcia , con autoridad apostólica nom– bró guardián de aquel convento al padre Oviedo, para que terminase su obra de pacificación , que culminó en sus misiones a los cuarteles, ganando para Dios y la Orden a aquella soldadesca , que era antes su más cruel ene– migo. En estas santas andanzas, cuidando de sus frailes y siendo muy ca– ritativo con los enfermos y necesitados, pasó el trienio de su prelacía, conquistándose fama de santo y el afecto de todos los murcianos, So5ega– da la tempestad y desengañado el pueblo de sus errores, la comunidad desterrada volvió a su convento en 1715 y el padre Oviedo, terminada su misión, tornó con los suyos a Andalucía, siendo nombrado maestro de no– vicios y vicario del convento de Sevilla. Dios lo enviaba para sustituir al padre Arcadio Aquí es donde intima con el padre Isidoro: y atentamente ve lo que ha– ce, y oye lo que enseña , aprendiendo la lección con tal fidelidad que ambos a una 5011 dos cuerpos con una sola alma. La devoción en aquellos años iba en aumento y se estudiaba a fondo su ideal y significado. El padre Isidoro había publicado La Novena de la Divina Pastora, que literaria y teológicamente es un verdadero poema, que aún no ha perdido su frescura y fragancia. Entonces el padre Oviedo es– cribió también sus célebres letrillas: l . VmA DEL P. Lurs 0 1, OvrEoo, p. 103.

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