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604 LA DIVINA PASTORA Y BL BTO. DIEGO J. DB C. Tan evocador memorial pudiera inducir a un equívoco, que en nada favorece a los nuestros , y nos fuerza a darle su debida explicación. El oficio de predicador de plaza , como ya se dijo , es muy duro y p e– noso ; requiere un sujeto de salud robusta , de gran autoridad y experien– cia y de vocación especial para las luchas con la muchedumbre. No es un sacrificio de un triduo o cuaresma , sino de año tras año , hasta consumir la vida. Por otra parte, el capuchino se hallaba en campo extraño para un ejercicio tan continuo y debió tropezar con ciertas dificultades , de las que se originaron las diferencias entre ambas corporacione.s. Tanto es así que ni el padre Zalamea , el más llamado , ni todo un padre Verita, pudieron perseverar en tan santo oficio. Solo un padre Isidoro en su calidad de fi.:n– dador; con vocación singular de predicador de plaza y con su amor sin lí– mites a la Divina Pastora y a su Rosario logró ejercer dicho cargo durante casi medio siglo. En el caso actual debieron sentirse los capuchinos andaluces un tanto molestos , porque , a espaldas suyas , arreg-taba la Hermandad los asuntos con el reverendísimo y, después, les informaban sobre lo conveniéo. Cuando intervino el padre Bustillo no fué así, porque mediaban los padres provincial , guardián y Felipe de Ardales como protector. Ni puede acha– carse el silencio y demora de los capuchinos para acep1ar el cargo a un enfriamiento de su devoción a la Divina Pastora , porque la comunidcd, como se vió en la vida del padre Verita, sacaba el Rosario por su parte; y el padre Mariano de Sevilla extendió esta práctica por todos los conven:os de la provincia. Nuevamente, el 22 de agosto de 1829, y con motivo de la novena de la Divina Pastora, escribe la Hermandad al reverendísimo , expresándole su reconocimiento por la anterior concesión, nombrando al capellán pare el Rosario, le informan que, por las ausencias y enfermedades del padre Utrera, aún no había hecho estación alguna y , al mismo tiempo, le adjun– taban dos convocatorias de los cultos de la novena; una para él, y la otra , de seda encarnada , para que , como protector, se la ofreciese al rey , su hermano mayor. A esta misiva no pudo contestar personalmente el reve– rendísimo por hallarse enfermo; pero ordenó que lo hiciese su pro- secre– tario, el cual escribió la siguiente carta : «Madrid, .31 de agosto de 1829.- Señor don Manuel del Real. - Nues– tro reverendísimo padre general (sic), me dice.acuse el recibo de su siem– pre grata, fecha el 22, en la que después de la efusión de su corazón y de la santa Hermandad, significado por tan digno conducto , le remiten los carteles de convocatorias para su majestad , como hermano mayor. La causa de hallarse enfermo , un mes hace , le impiden ia pronta ejecución d e su efecto , y de contestar a esa su siempre predilecta Hermandad . Reciban ustedes, en tanto, su cordial afecto, y ordenen a su más inútil servidor y capellán, que besa su mano. Soy de ustedes, con la más alta considera- · ción , su sin igual adicto. - Fray Manuel de Manzares.-Señor don Manuel del Real, m':lyordomo de la Divina Pastora». El mismo prosecretario , con fecha 11 de diciembre , escribe una car– ta al citado padre Juan Evangelista, de la cual tomanos el párrafo si– guiente:
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