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588 LA DIVINA PASTORA Y BL Bt◊. i>IEOO J. i>E C. santa orden que se os intima ·Y ree0mienda el cielo en el acto feHz, reuni– dos bajo esa bandera de fidelidad y gloria, santificada por la religión. Comprometidos a sostener por piedad y afecto el templo sacrosanto del Dios vivo y el palacio augusto de _nuestro amado soberano, profundos homenajes de temor santo, de gratitud, de honor y de respeto deben se:lar vuestra noble conducta o distinguirla del jacobinismo. Ellos insultanles; yosotros respetuosos. Ellos despreciadores insolentes de ambas majesta•· des; vosotros sometidos con humildad y amor. Ellos perseguidore~, y vo– sotros defensores invencibles. Temor a Dios y honor al rey, Esta es la gran divisa de un militar católico, y el importante documento que vais a recibir ·de la Religión en este sagrado templo, primer santuario de la pe– nínsula, que fué enriquecido venturosamente con la adorable presencia de vuestra gloriosa Patrona, la Divina Pastora. Deum lime/e; regem hono– rifica/e.:» La primera parte del discurso termina así: .:La Religión os habla de María, Pastora Divina de nuestras almas, Protectora vuestra y Madre del temor santo. «Dejemos a la fábula y a la mitología el cuidado de celebrar a sus pas– tores y trasmitir a los siglos venideros la memoria de un compasivo Fáus– tulo, de un atrevido Paris y todas las gracias de la insigne Penélope, mujer de Ulises. Reservemos a la poesía la elegante y animada pintura de cuan– tas bellezas ha encontrado en el ejercicio pastoril una imaginación acalo– rada y viva. Y aún omitamos por ahora las justas alabanzas de los Sagra– dos Libros a aquellas célebres pastoras, la hermosa Rebeca, y las siete hijas de Jetró, sacerdote de Madián. Una Pastora, mil veces más noble, más virtuosa y más vigilante de su grey, debe ocupar nuestra atenci ón. Los sesenta fuertes de Israel, aquellos sabios de primer orden que, llama– dos a la defensa de Sión por especial impulso de la gracia, rodearon lle– nos de amor, de celo y fortaleza invencible el majestuoso tálamo del Dios vivo, María nuestra dulce Madre y Pastora de los fieles, formaron magní– ficos elogios de su gracia peregrina, de sus heroicas virtudes y de sus 'admirables privilegios. ¡Qué escritos tan sublimes, de sabiduría celestial , de unción divina y de majestuosa elocuencia! La zarza de .Moisés ardiendo sin quemarse; la vara de Aarón con hermoso fruto, sin el vicio de la raiz; el prod :gioso vellocino de Gedeón, humedecido con el rocío de los cielos, mientras que una general y lamentable aridez ocupa tóda la tierra; la nube– cilla de Elías, levantándose del mar sin contraer sus amarguras; la fra . gante rosa de Jericó; la hermosa azucena entre las espinas; la piedra fe– cunda del desierto; la tierra sacerdotal privilegiada, y el arca santa de la alianza. so·n otros tantos símbolos misteriosos, que le han aplicado con oportunidad para expresar, aunque imperfectamente, a la Mejor de las pastoras. : .. <¿Y olvidarían, para el hermoso cuadro de sus virtudes, la prudencia i,:le Abigail, lá piedad- de Ester, la honestidad de Rut, el denuedo cie Judit, la fortaleza de Débora y la sabiduría de Jael? Predestinada en los eternos consejos para apacentar la grey de Jesucristo, las puertas solas de esta mística Sión fueron preferidas en el amor de un Dios generoso a todos los tabernáculos de Jacob. Poseída de Dios en el principio de sus impenetra– bles caminos, detenida en la plenitud de los santos y zanjados los profun– dos cimientos de su gracia venturosa sobre _los montes más ~levado~ de

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