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l::!L P. MAl?IANO DB SEVILLA, APÓSTOL DE LA DIVINA PASTOnA 575 en la conventual de los días festivos una r·ogatívá, según el uso de la lg'le-– sia en casos urgentes y de importancia. En la parte última, reflejando su ahinco por la observancia y santidad de sus religiosos, dice: «No ocul– tándose a nuestro celo pastoral la oportunidad , con que quisiéramos ver nuestra vida y la de todos nuestros amados súbditos puesta en pai'arelo con la de nuestro venerable, cuya calificación pública va a hacerse, escri– birse y testificarse apostólicamente, deseamos merecer a todos ellos el que ásí preparasen las suyas de tal modo, que de la común testificación de los ejemplos de nuestro venerable r('sultase Ja general corrección de los demás ... Parece ha unido el cielo estas circunstancias con las calamitosas de tantos males actuales, para que reformemos nuestras costumbres lle– nando los deberes de nuestra profesión y siendo como fué nuestro vene– rable y virtuoso hermano el siervo de Dios fray Diego Jo•sé de Cádiz» (1). · Pero lo que resalta singularme1ite en el padre Mariano, para haber merecido que se inserte aquí el bosquejo de su vida, es su ardiente devo– ción a la Divina Pastora, no sólo en el orden privado y de sus ,predicacio– ,nes , sino, más que nada, por habernos dejado, en .su libro de Disc:ipfjna, un comentario apologético histórico sobre el ejercicio del predicador de plaza con el estandarte de la Divina Pastora, gloria de nuestra provincia y ca ido en desuso durante la guerra de la independencia y en los. años pos– teriores. El es el historiador, el panegirista y el restaurador de tan apostólico ,ministerio, como se colegirá de los párrafos que copiaremos de su libro, omitiéndose los dos primeros sobre el asunto, para no ser prolijos. Al tratar del ejercicio de la predicación, pr-ueba cómo la Orden capu– china fué siempre una institución esencialmente evangelizadora y -misio– nera; traza .a los predicadores las noi·111a5 de un verdadero ministro de la palabra de Dios, que sólo debe buscar su gloria y la salvación de las al– mas, y cita hechos históricos que parang·onan la Orden capuchina con las más florecientes del catolicismo. Concretando este ministerio a .nuestra provincia, le señala su carácter particular, que no es otro que el de predicador de plaza. Considera su ex– celencia y eficacia en sí mismo, porque se dirige particularmente a los que no asisten a la iglesiu y viven en la mayor ignorancia;, recuerda que los profetas fueron los primeros que lo practicarori, y que el mismo Jesucristo, sus apóstoles y los grandes predicadores de la antiguedad cristiana así lo ejercieron , haciendo oir al pueblo la palabra divina por calles y plazas. Pero cedamos la pluma al mismo padre Mariano , honrando este capítulo con los párrafos que él escribiera para instru,cciones morales de sus súb– ditos , sobre dicha manera de predicar: «c3.-Esta es una de las cau.sas de la estimación tan general que profesa ~I mundo todo a la Religión capuchina, este es el 1~,anantial de donde nos han venido a nosotros todos los bienes y la causa de las bendiciones del cielo y de la tierra, que tan largamente estamos experimentando. ¡Sería el 1. Trazla el P. Calasa11z de Ll eva nerns, VIDA nocuMENTADA c., pp . 337 y s. Dicha ciicu– lar la firma el padre Marrano como definidor genera l y ministro provincial. No hemos pod id o d.ocumentar el origen del primer cargo. Prob:1blemenre perteneció al definitor io del R\,d:n o. P. Franci.sco d~ So lclu ga, .nombrado por la S. S. en 1818, general.de la Orden c,,puchina. ,
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