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568 LA DIVINA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J, DE C. por el frenesí, rio creía o·portunó dominar su "cólera por medio del terror. Su opinión era prestarse a sus deseos para adquirir su confianza > (1) :4:En tanto, los dos gobernadores discurrían los medios más eficaces y prontos pará acabar con la sedición. Fray Mariano de Sevilla, escribió un bando con la niás ingeniosa ironía , como hombre a quien no habían cortado la pluma el temor ni la ignorancia. Aceptó lo Jones... y lo firmaron ambos. Así fué publicado con toda solemnidad » (2). En dicho bando se desposeían de sus cargos· a los empleados de la Bahía , a quienes odiaban los contrabandistas. Don José Heredia, su primer comandante, en vez de ocultarse como sus compañeros, fué sorprendido en la calle por las turbas , que le causaron graves heridas y , poniéndole una soga al cuello, lo arrastraron hasta que expiró. Los voluntarios dis– tinguidos iban a vengar por la fuerza el horrible asesinato, convir;tiendo a Cádiz en un raudal de sangre. «Fray Mariano de Sevilla ofreció a Jones desarmar a las turbas. Era cuanto éste podía esperar. Salió el guardián en un asno y recorrió lapo– blación, repitiendo con raro esfuerzo las instancias para que cesase la im– paciencia de los amotinados . A sus exhortaciones respondían corl vítores frenéticos y, aunque hombre a qui.en respetaban mucho y obedecían en -todo, ahora no querían sino que él los obedeciese, acatando y siguiéndo sus delirios. Los voluntarios, ya teniendo desconfianza ya teniendo fe er. el guardián, lo aclamaban entre temerosos y ,lisonjeros » (3). El citado historiador anota que el padre Mariano, reconociendo el ca– rácter de aquel motín , aplicó a sus promotores el remedio que dan los si – quíatras a los dementes: frente a las sangrientas inquietudes y pretensio– nes violentas del populacho ordenó que saliese una procesión de peniten– cia del convento de santo Domingo con sus religiosos, y otra de capuchi – nos con su comunidad (4). Los predicadores de ambas Ordenes agotaron sus energ·ías hasta atraer a los sediciosos y recogerles las armas. Los capuchinos llegaron a su iglesia muy entrada la noche. El padre Mariano brindó a los principales corifeos del motin a que pernoctaran en el conven– to. Es tradición que les dió una buena cena y abundante vino. Cuando estaban entregados al sueño, llamó a los voluntarios y les mandó que atasen codo con codo a los alborotadores y los llevaran a la cárcel. Al despertar éstos, su asombro no es para descrito, viéndose burlados por el ídolo de la plebe a quien ellos mismos habían investido de au– toridad. El pueblo honrado festejó con risas la añagaza del gobernador capu– chino , pero el populacho y los amigos de los presos, llenos de coraje, vo– ciferaban contra el guardián llamándolo traidor, mientras las mujeres más abyectas proponían arrastrarlo por las calles (5). Plu.go a Dios que no ocurriese nada y que, después de aquellos luctuo– sos días, se serenaran los ánimos y reconocieran todos que se llegó a la paz sin choques violentos entre los revoltosos y la fuerza pública mer– ced al genio audaz y caritativo de un fraile 'que expuso su vida y honor para evitar muchas veces una lucha fratricida, que habría cubierto de luto a multitud de hogares. Fué el gran pacificador de la plaza en el perío- · 1. Ib., p. 674. - 2. lb., ¡:i. 675. - 3. lb., p. 676 y s. - 4. No sabemos sí son las mismas ya reseñadas u otras. - 5. Castro, o. c. , pp. 677 y s.

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