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566 LA DIVINA PASTÓRA Y EL BTO. DIBdó J. DE C. riamente. La tranquilidad y el orden se impuso en la plaza por la sabia actuación del padre Mariano (1). Consecuencia de lo dicho fué el formarse una junta de gobierno, como la de Sevilla, a la que pertenecieron el prior de_ los dominicos y el guar– dián de los capuchinos, a quienes se confiaron los más arduos negocios. Su primer acto consistió en proclamar rey de España a Fernando VII, cosa que tanto halagaba al pueblo. Inmediatamente intimó a la escuadra france– sa para que se rindiera, a lo que se opuso su jefe, el comandante Rosilly. Entonces nuestras baterías comenzaron a vomitar fueg·o contra los buques hasta que lograron su rendición. No fué sólo la plaza gaditana, sino todo el reino el que se salvó con esta hazaña. Caida, después, Sevi '. la en poder del enemig·o, Cádiz era la Covadonga de la nueva cruzada. El 20 de febrero de 1809 fué fatal para Cádiz. Pocos días antes había llegado el marqués del Villel, vocal de la junta central, comisionado para algunos negocios, presidiendo como tal las determinaciones de la junta de la plaza. El pueblo no miró bien sus providencias y dudó de su fidelidad cuando ordenó que viniese de guarnición a Cádiz un batallón de guardi-:is valonas, compuesto de franceses, alemanes, polacos y otros extranjeros, . pasados a nosotros en la batalla de Bailén. De nada sirvió advertir al marqués los males que se seguirían de su proyecto, porque el orden estaba asegurado con los batallones de volunta-. rios, compuestos del personal mejor de Cádiz. Firme en su propósito, man-. dó que viniesen los valones. Tal medida disgustó mucho al pueblo y colmó su cólera cuando supo que las tropas habían salido ya de la Isla de León. Al grito de los trabajadores de la Cortadura se formó un gran tumulto,. haciéndose pronto sus componentes de armas y municiones. Se dirigiéron a la casa del marqués y la allanaron, pidiendo unos su prisión y otros su muerte; pero al fin decidieron llevarlo preso a Capuchinos, donde fué con– ducido a golpes e insultos. El padre guardián, que estaba enfermo, saltó de la cama y se presentó a la imponente turba, que penetró en los claustros y allí mismo quiso matar a su víctima. El vocerío era ensordecedor. Los religiosos corrían de acá para allá espantados, sin saber en qué pararía aquello. Por fin se cons_ti– tuyó una celda en cárcel del marqués con guardias en la puerta y centine– las por todo el edificio, al que bloquearon seis batallones de voluntarics . · Entonces el padre Mariano salió a las vistillas del convento y desde allí arengó a los amotinados, haciéndoles ver la necesidad de obrar de acuer– do con las autoridades, porque, de lo contrario, nada bueno se lograría. Los más exaltados prorrumpieron en gritos poco decoroso_s; mas el padre, sobreponiéndose a las circunstancias, «prosiguió, reconviniéndoles con vi– veza, pero con mucha dulzura y moderación , haBta que eIIoB mi6m06 acla– maron al excelentísimo señor don Félix Jones, que era actual gobernador de Cádiz, para que, nombrando también al reverendo padre guardián como asocíado a aquel, continuasen en el gobierno de la ciudad• (2). 1. lb. - 2. lb., f. 207. -Castro refiere el suceso así: •En tanto otras turbas, poseídas ya de la desconfianza, ya del entusiasmo, desposeyeron de la suprema autoridad al marqués de Villel y adamaron gobernadores de Cádiz a don Félix Jorres y a fray Mariano de Sevilla, el cual aceptó el cargo, pero sólo con el carácter de su acompañado,, HrsTORIA DE CÁDIZ, p. 668.
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