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1564 LA DIVINA PASTORA Y BL BTO. DIEGO J. DB C. Apenas ~e posesionó de su guardianía , circularon los rumores de que las tropas de Napoleón habían pasado a España, como aliadas, para ayu– darnos en la guerra sostenida contra los ingleses. No creyó el pueble la añagaza y su inquietud y desconfianza aumentaban por momentos. Era a la sazón gobernador político y militar de la plaza el teniente ge– neral Solano, marqués del Socorro, que había luchado en los Algarves unido a los franceses contra Portugal. Esta nota, su indecisión ante el pe– ligro de la patria, el no obrar de acuerdo con la junta de Seviila y haber dado un bando en rn de mayo de 1808, estimado desfavorablemente con– trario al bien de España, exacerbó al pueblo de tal manera, que al día si– guiente penetró tumultuado en el parque de artillería y casa de armas , to– mando cada cual las que quiso, buscaron al gobernador y al an,ochecer de aquella tarde le condujeron ignominiosamente a las afueras para ahorcarlo y allí murió asesinado. Desde este momento, amotinado el pueblo y sin re– conocer autoridad alguna, se entregó a los mayores excesos, amenazan– do con terribles desolaciones (1). Ante situación tan pavoro·sa reunió él general Morla, como más anti– guo, a todos los ¡;¡-enerales del consejo para sofocar el tumulto en cada instante más peligr"oso. No se les ocurrió otra medida sino acudir a los capuchinos ·para que ellos fueran los padficadores del pueblo ..Tan grande era · el prestigio de aquella comunidad. Con este fin enviaron al se– ñor Brun , tesorero de la Aduana, para que informase de todo é!l padre guardián y solicitara su mediación y la de sus reli giosos. El . padre Mariano llamó de seg·uida a los padres y les propuso la petición y las tristes causas· que la motivaban. Por acuerdo uná11i111e se co r.v i– no que saliese la comunidad en procesión de rogativa y penitercia rnntando las letanías mayores. Poco después aparecían en dos filas los capuchinos bajo el signo de la cruz ; recorriendo las calles y dirigiéndose a: donde los alborotos y desaciertos eran mayores. La presencia de los frailes y sus cánticós recordaban a san Francisco por las calle_s de Asís evangelizando la paz y el bien. Hasta los mismos revoltosos los seguían. En la puerta de la Aduana, donde estaban los generales y su consejo, i;re– dicó ·un pad!'e de la comunidad exhortando a las turbas al orden. El niotín quedó sofocado en su mayor parte y a la una de la noche volvían los re– ligiosos muy consolados a su convento (2). _ Poco· duró la bonanza, pues al · día siguiente, desde su mañana, se reavivó el movimiento con más furia. El pueblo soltó a los presos y pre– sidiarios y, manejando hasta cañones de grueso calibre, sembraba el terror por doquier, esperándose los más horrendos crímenes. En tan crítico estado de la ciudad, se presentó el padre Mariano en la · Aduana para en– tregar al general Morla unos papeles, que le habían dado como a persona de confianza, pertenecientes al gobertrndor asesinado, cuya casa había si- do saqueada y qtremada (3). · · Encontró allí a los generales y a otros personajes en consejo, para ver de'atajar los-robos, asesinatos, incendios-y demás ·horrores que ame- 1. Crónicas del conv. de cap. de Cádiz, ff. 109-201.-C. Pignatelli, íntimo de Solano, pa• ra que no sufriese el deshonor de la horca, fingiéndose su enemigo, fu é quien lo mató de una puñalada. La memoria del general fué rehabilitada oficialmen'te por R. O. en 1817, Castro, Hr5TORIA DE CAorz, pp. 590,98. - 2. Crónicas c., ib. - 3. Ib., ff. 201 y s.

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