BCCCAP00000000000000000000461

LAS PEDREAS 29 caba aquella extraña comitiva suspendieron la pelea y el venerable no paró hasta poner en contacto el Rosario con el grupo más cercano. La impre– sión de los muchachos fué grande y tanto más cuando oyeron que les invi– taba a venerar la Divina Pastora. Aprovechando estos momentos, les pre– dicó de la caridad fraterna y cómo el Señor y la Virgen estaban muy ofen– didos, porque con las pedreas violaban gravemente uno de los manda– mientos de la ley de Dios y el que Jesucrislo nos dejó como señal de ser sus seguidores y discípulos. Esto dijo con tales trazas y ternura que todos doblaron sus rodillas, lloraban y pedían perdón. Entonces el venerable les dijo: Dios os va a perdonar, pero por me– diación de su Madre Santísima a quien vais a dar una prueba de vuestro arrepentimiento ofreciéndole las hondas, que han sido el medio con que le habéis ofendido. Al instante, como movidos por una fuerza extraña, co– menzaron a arrojar en racimos los haces de hondas que caían al pie del estandarte de la Pastora Divina. Hubo quienes no estuvieron conformes y las escondían entre sus ropas o en las piedras; pero una segunda plática del venerable los rindió para que siguiesen la generosidad de sus compa– ñeros . Conseguido este éxito, les invitó a seguir el Rosario, ·y ordenó la marcha al otro g-rupo, que estupefacto comtemplaba lo que le ocurría a sus enemigos . Las mismas escenas, otras pláticas, el rendimiento de los muchachos y la entrega de las hondas se repitieron en este grupo con la añadidura qu_e los adversarios se reconciliaron pidiéndose perdón mutuamente y abra~ zándose. Era la hora del regreso y los hermanos no sabían qué hacer con aquel fardo de hondas. Unos querían quemarlas y otros hacerlas añicos. Y al fin preguntaron al venerable, qué hacían con aquello. -Pues, muy senciIIo, respondió , colgarlas del estandarte y a partir pa– ra la ciudad.- La entrada en Sevilla fué un espectáculo nunca visto; los muchachos y mozalbetes en dos filas formaban la corte de la Divina Pastora, el estan– darte aparecía coronado con las armas vencidas en aqudla tarde, ofrenda~ das a la Virgen María, como trofeo de sus victorias sobre las almas. El público se agolpaba para enterarse de lo ocufrido, celebrando la ocurre 1 n– cia y el éxito del venerable. No había puerta ni ventana sin espectadores, los padres de los muchachos lloraban de alegria, y las pedreas termi1:aron para siempre. Cuando la procesión llegó a santa Marina , llevaron los hermanos las hondas a la s'acristía y preguntaron al padre Isidoro: ¿Qué hacemos con esto? -Recogedlas , dijo, y veníos conmigo al convento. - Aquí llamó'''al hortelano y se las entregó para el servicio de la huerta (1 ). Los religiosos comentaban el caso y decían: Sólo un padre Isidoro puede atreverse a tales andanzas y seguramente acabará con las pedreas. Y así fué, porque el hermano hortelano siempre que le precisaban sogas , solía preguntarle irónicamente: Padre Isidoro, ¿ya no hay pedreas? l. Villegas.

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz