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550 LA DiVINA PASTORA Y E!L BTO. DIEGÓ J. DE C. tiempo fué nombrado cura de la parroquia de los santos Justo y Pastor, la cual por hallarse en la parte baja de la ciudad y la del Salvador en la alta del Albaicín, le obligaron a los mayores sacrificios para cumplir de– bidamente, como solía, los deberes para con ambas. Consagrado por completo a su ministerio, asiduo a la predicación y al confesonario , desprendido de los bienes caducos, amantísimo de la glo– ria de Dios y celoso por la salvación de las almas, logró una aureola cie virtud y maestría en la dirección espiritual de los fieles, que fué proverbial en Granada y en toda España. Ya anciano renunció el curato y pudo decir que jamás percibió renta alguna de su parroquia, porque las dejó para otros sacerdotes más nece– sitados . Este fué el segundo guía que Dios puso en los caminos de fray Diego para que fuese el ángel tutelar de su conciencia y apostolado, a pesar que apenas se conocían. Pero si se .leen las cartas de la madre María Gertru– dis, del convento de la Concepción de Granada , las de fray Diego y los escritos del padre Alcover, con el mandato de su director para que acepta– ra, todo referente a este asunto, se verá claramente la intervención de Dios y su voluntad divina señalando al abad del Salvador para suceder ar padre González en la dirección de fray Diego. Este, cuando recibió la carta del padre Alcover comunicándole su aceptación, le contesta con otra que es una efusión de gratitud al Señór y a su .nuevo guía con tales acentos y albricias, que se sienten los efectos de la divina gracia inundando de consuelo y fortaleza a aquel corazón en– irfstecido y atemorizado por su orfandad. Cartas como ésta le escribirá muchas veces fray Diego hasta el fin de sus días. Diríase que era el [el instrumento de Dios, el que necesitaba su enviado en la plenitud de la-san– tidad y del apostolado, el que sabía hacerle vibrar en nuevos sentimientos y aspiraciones como los que contiene, la carta de 7 de julio de 1797 (1). Sin embargo, ciertos escritores, basándose en algunas otras cartas , han forjado como una atmósfera cargada de sombras y errores en torno a la dirección alcoveriana, tildándola acremente, mientras ensalzan, como se merece; la del venerable padre González. No estamos de acuerdo con tal postura; porque si serena e imparcial– mente se estudia a fondo cada uno de los asuntos tratados en la corres.: pondencia , reclama la conducta del padre Alcover que se le mire con más comedimiento y hasta con admiración. No creemos que éste hubiese escri– to a fray Diego una carta tan recia , como la que le dirigió, en momentos críticos, el padre González. Es un· chaparrón de cargos y calificativos hirientes, que fray Diego recibió cual lluvia de flores. Es más, era al co– mienzo de la dirección y cuando el apóstol apenas se detenía en la ciudad del Tajo, y no obstante, le pregunta: ¿A qué es/ar en Ronda lanío tiempo? (2) .. Si el segundo director escribe esta carta y la leen los que tan seve:-a– in.ente enjuician su dirección , hubieran puesto el grito en el cielo. · La falta de espacio no nos permite adentrarnos más en esta cuestión , ctig-na de ser est_udiada con sere-nidad y altura; pero debemos hacer cons- 1. De fray Diego al P. Alcover. - 2. Del P. F. J. González a Fr. Diego, 9 de enero de 1779.

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