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484 LA DIVINA PASTORA y BL aro. DIBGO J. DB c. al mundo con este glorioso misterio, conceda a todos los mortales, por in– tercesion de sú Madre Santísima, los gozos de la vida eterna: perpetuae capiamus gaudia vitae fueron sus últimas palabras y expiró. Pué sangrado diez horas después de muerto y la sangre corría como si aún viviese. A las diez y ocho horas todavía pudo una señora mojar su pañuelo en la misma (1). Expuesto su cadáver en la iglesia, las manifestaciones de dolor del pueblo sevillano se sucedían, pidiendo reliquias del venerable y Hevándose las flores que cubrían su féretro, que por tres veces hubo que sustituirlas. Todos lo aclamaban santo y querían besar sus pies o palpar su áspero hábito. Traían sus cruces y rosarios con el afán de tocarlos al cadáver, para lo cual fué preciso designar a varios religiosos , guardados por la tropa para evitar desórdenes y atropellos. El señor Villanueva, oidor de la real Audiencia, 110 se separó del féretro y con gran devoción ayudabei a los religiosos en let faena de tocar los rosetrios et los restos del venerable. Todos elogiaban lets virtudes y su gran setntidad y cada uno refería los be– neficios que de él hetbíet recibido. Muchas viudas, como en el entierro de Dorcas; mostrabetn, llorando, las prendas que les había donado el venera– ble para cubrir su desnudez (2). A raíz de su muerte muchas personas se encomendaban a la interce– sión del padre Verita en el cielo para curar de sus dolencias, y se regis– traron variós casos prodigiosos operados por su mediación. Aún caliente el cadáver del venerable llegó a nuestra iglesia una po– bre mujer, que por sus males le costó mucho trabajo venir; tomó unas flo– res del féretro, se las metió en .el seno, llamó al padre Salvador con mu– cha fe y salió de la iglesia sana y buena. Cuando llegó a su casa, le contó a una de sus criadets, que estetba enfermet, lo ocurrido y let exhortó et que se aplicase aquellas flores con fe . Lci hizo así let crietdet y curó también co– mo su señora. Pué otro caso el de la sobrina del cetnónigo don Agustín Moreno, que padecíet de fuertes convulsiones sin hetlletr remedio en lo humetno. Tomó una poca de etguet con briznets del hábito del venerable, y etl momen1o sanó. Dudando algunos de la reetlidetd del milagro , pidió la misma señoret etl pa– dre Verita que, petra convencer a los incrédulos de su valimiento ¡:inte Dios , le volviesen las convulsiones, y ¡caso singular!, hecha la súplica , se le repitieron de modo espantoso. Tomó nuevamente agu¡;¡ con unas hilachas del mismo hábito y repentinamente se vió curadet con asombro de su fa– milia (3). Otra nueva curación milagrosa se verificó en cierto hombre, de ideas libres, atacado de unas fiebres mortales. El facultativo declaró que el ceso era perdido y sin embargo le recetó una bebida. Tomarla y ponerse furio– so, queriéndose arrojar de la cama, fué todo uno. - ¿Qué diablos me has dado?,-preguntetbet a su mujer. El ataque de furia proseguía sin descenso. .Enterada del caso la persona que tenía el pañuelo empa.pado' en san– gre del padre Veritet ; se lo dió et esta afligida mujer para que se lo ettetse en la cabeza al enfermo. Así lo hizo , atemorizada . . Al momento desplomó el doliente la cetbeza sobre la almohetda en tal forma , que creyó la mujer c;ue l. lb., p. 33. - 2. Ib., p. 34. - Fué enterrado en el panteón de la huerta del convento; pero éste ha désaparecido. - 3. lb., p. 37.
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