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454 LÁ DIVÍNA PASTORA y EL BÍ'O. DIEGO j. DE c. da se podía llamar el palacio de la pobreza. No cabía más escasez que la que allí se advertía, sólo abundaban los trapos y los desechos de los re– ligiosos » (1). Sus enseres eran la tarima de dormir con su cabeza de paja y dos mantas, una mesa, banco para sentarse, y lo necesario para escri– bir: cSus alhajas, ningunas: la Divina .Pastora y unas estampas de .pa– pel> (2). Su obediencia fué tal que nunca hizo nada sin licencia ni quería más que la voluntad del prelado , que ponía en práctica sin reparo y con la ma– yor prontitud. En cierta ocasión se bañaban sus condiscípulos y él estaba retirado de ellos. Llega el padre lector y le pregunta por qué no se bañaba. No acostumbro, respondió humildemente-Pues, báñese, le dijo el lector– Al mome.nlo se arrojó al agua con el hábito y todo cuanto tenía sobre su· cuerpo. Una agria repr.,;nsión fué la recompensa de este acto heróico (3). La pureza, que pudo conservar en el siglo, cuidó que floreciera en el claustro para ser un l\rio fragantísimo con las espinas de la mortificación. Por las calles iba con tanta modestia y recogimiento, que no miraba a na– da hasta el extremo de que, en cierta ocasión en Jerez, si no le avisan, hu– biese chocado con un panadero que llevaba la tabla del pan sobre la ca– beza (4). De sus penitencias para domeñar los impulsos de la pasión era un nuevo san Jerónimo. «¿Qué diremos- escribe su biógrafo- , de su peni – tente maceración en aquellos días de su juventud? No arriesgaremos nada en afirmar que era un verdugo de sí mismo y que trató a su cuerpo como pudiera un Dioclesiano a un profesor del evangelio. Su carne y la hermo– sura de su rostro llegaron a desfallecer y marchitarse. Sus disciplinas de sangre, sus ayunos, sus cilicios, destruyeron la lozanía de su cuerpo y más parecía ya un cadáver ambulante, que un hombre con vida» (5). · «Aún era mayor, que la exterior, la mortificación interior de sus pasio– nes, las llegó a dominar de tal manera, que para él no había ni aún siquiera aquellos primeros movimientos que, a ocasiones imprevistas, asaltan re- pentinamente aún a los más santos y virtuosos» (6). . Guardaba continuo silencio, aún con sus propios condiscípulos, y no abría su boca si no para palahrás inocentes y cuando la obediencia o la necesidad le estrechaba (7). Amaba ser humillado y para ello urdía extravagancias difíciles de ha– llw ni aún en las vida's de algunos grandes siervos de Dios (8). Oculta– ba ··su sabiduría para no oscurecer a sus condiscípulos, ansiaba ser el úl– timo de todos y discurría mañosamente los medios de pasar desconocido (9). Jamás alardeó de su linaje y riqueza, cuidando ocultarlos y que se ol – vidaran. Rehuía pasar por su casa y cuando era preciso lo hacía contra– riado y volviéndole las espaldas. No visitaba a su madre si la obedie-ncia no se lo mandara y entonces entraba en la casa como un extraño. Refiere– se que l:Uando vino a Sevilla para ordenarse, su compañero traía mandato de que si llegaba la nave después del toque del Ave María, no fueran al convento, que estaba extramuros y no les abrirían la puerta de la ciudad, sino que se quedasen aquella noche en la casa de la madre de fray Salva– dor. Llegaron después de·dicha hora , le comunicó el compañero la orden l. lb. - 2. lb., V, p. 28. - 3. lb., III, p. 17. - 4. Ib., p. 19. - 5. lb. p. 20. - 6. Ib. -7. íb. - 8. lb., p. 14. - 9. lb., p. 16.

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