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vuntlOES DEL V. P. VERllA Dtll?ANi:E, BL'• NO'llCJADO y LOS ES'l'lllJIOS 453 tual, siendo su confesor el padre Batea, dos veces prior del real convento de san Pablo, el cual solía decir: Joaquinito Caraba/lo, hasta la edad en que tomó el hábito y entró en Religión, no habÍa cometido culpa grave (1), Así pues, como deb_ió el venerable padre Isidoro a los jesuítas su óptima formación siendo seglar, el futuro padre Verita se la debe a la Orden do– minicana. Hemos visto que la causa ocasional de su vocación fué un acto de va– nidad mundana, exhibiendo su gracia y riquep1s; por contrapartida se pro– pone buscar en el claustro, las humillaciones, la pobreza, el retiro, la mor– tificación y el desprecio del mundo para entregarse de lleno a Dios, hasta la sublime locura de la cruz, y esto lo cumple desde el principio como un · veterano en el ejercicio de las virtudes, y será. el distintivo de su vida. Dícese que en los días que pasó en el convento antes de vestir el há– bito, vestía, como es costumbre, con su traje de seglar, mas para no ha– cer ruido cal zaba sobre las medias de seda unas alpargatas. Una tarde de– bió salir con los novicios de paseo y se presentó en la portería en esa:fa– cha cubriéndose con su espléndida capa grana. Se admiraron los novicios al verlo así con sus ojos bajos y las manos cruzadas, mas cuando llegó el maestro y advirtió la extravagancia, lo reprendió severamente; pero él con toda humildad le rogó que le concediera salir como estaba y, acercándose al oído del maestro tales cosas le dijo que dió éste la orden de partir, per– mitiéndole qüe se pasease por Sevilla en aquella forma extrafalaria (1). Otro caso ig·ualmente significativo ocurrió en Jerez cuando estudiaba teología. Los capuchinos de allí estaban hermanados con los carmelitas calzados para celebrar juntos sus santos patronos; llegó la fiesta de ésfos, cuya iglesia es visitadísima por la devoción de los jerezanos a la Virgen del Carmen, y al lí estaban los capuchinos esperando la hora de la función. De pronto le avisan al padre guardián que vaya a la iglesia, donde fray Salvador estaba ridiculizándose. Llega cuándo la afluencia de fieles era mayor y de lo más granado de la ciudad, y ve a su fraile junto a la pila de agua bendita, de pie muy rígido, las manos metidas en las mangas, los ojos cer'rados, el capucho sobre la cabeza erguido y con las narices su– cias, recibiendo las burlas y desprecios de los que entraban (2); ¡Virtud heroica es ésta de sus humillaciones con las que quiere repa– rar sus vanidades y ser, como un loco, menospreciado por el mundo, que aún le seguía en el claustro. halagándole y deseando honrarse con su amistad. Profesó al año siguiente el día 6 de enero y pasó al convento de Jerez para estudiar teolog,ía, la que terminó en el de Cá.diz con gran aprove– chamiento. Tanto de novicio corno de estudiante sobresalió entre todos sus com– pañeros como un modelo perfecto de capuchino con virtudes heroicas (3). Vestía un hábito viejo y remendado, usaba sandalias de cáñamo re– compuestas con trozos de cuero y paño desechados y sin tacones-así son las que conserva su familia-, la cuerda era de pita, burda y áspera, y sus paños menores de tela gruesa e inflexible. ~su pobreza ... era tanta, que para sí buscaba lo peor, lo más desechado, lo que nada valía. Su ce!- 1. P. Ut¡era, o. c. II, pp. 23 y ss. - 2. Ib., III, pp. 15 y .s. - ·3. Ib., P-' 1;1-21:
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