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448 LA DIVINA PASTOl~A Y BL BTO. DIBGO J, DB C, porque no fué solamente la de Andalucía, sino con ella las otras cinco pro– vincias capuchinas de España las que se lanzaron al mundo formando un solo apostolado para venerar a la Patrona de sus misiones y extender su culto, como lo hicieron también con santa emulación algunas diócesis de dentro 1 y fuera de España. Debemos advertir que, si todo lo referente a la devoción tiene hab i tud con el venerable padre Isidoro por ser el autor de ella, desde que fray Die– go logró establecer la fiesta litúrgica de la Divina Pastora, comparte con aquel la gloria del progreso de la devoción, cuyo eje crucial, en lo sucesi– vo, girará apoyándose en la gran obra de estos dos apóstoles marianos. Los mismos acontecimientos históricos nos darán la división de esta tercera parte en tres períodos: 1. 0 el de los contemporáneos del apóstol hasta la exclaustración de los regulares en España; 2. 0 , desde ésta hasta la restauración de los mismos; y 3. 0 , desde la restauración hasta nuestros días. Presentaremos en primer lugar al venerable padre Salvador Joaquín de Sevilla, más conocido por el padre Verita, diminutivo de su apellido ma– terno, Vera, quien fué en Sevilla la viva representación de fray Diego du– rante cuarenta años. Llamóse en el mundo Joaquín María, Nació en dicha ciudad en el 1766 y fueron sus padres don Juan Cera– bailo y doña Teresa Vera, su mujer, ambos muy ricos, de noble !in.aje y em– parentados con la aristocracia sevillana. Eran piadosísimos y de·aquellos nobles que no mancillaron sus costumbres ni su hogár con las modas y perversas máximas de su siglo. Cuidaron de formar el corazón del hijo en los austeros principios de la moral cristiana, siendo la propia madre, que enviudó muy pronto, la que con santo tesón se los inculcaba durante toda su niñez. Joaquín María salió un aprovechado discípulo y nunca olvidará, ni aún ~n los peligrosos trances de su vida las enseñanzas de su piadosa madre. ·con ella iba a la iglesia para confesarse y recibir frecuentemente la sagrada Comunión, · con ella rezaba el rosario y en todo se manifestaba un niño de buena índole, recto y candoroso (1). Aún en los ::1ños de su infancia reveló que tenía una viveza extraordi – naria. profunda penetración y despejado entendimiento. Con gran rapi– dez se penetró de la primera enseñanza y dominó la gramátiéa latina con tanta perfección, que a los once años pudo pronunciar una oración retórica en latín en la basílica hispalense, como estudiante del Colegio mé'.(– yor de santo Tomás de Sevilla, donde estudiaba. Su áfición a los libros era tal, que no soltaba la gramática ni cuando lo peinaba su virtuosa madre (2). A pesar de su aplicación y progresos en dicho Colegio, fué trasladado a la Universidad parn el mejor aprovechamiento en lo:, e:studio:s de lógica; pero bien pronto se advirtió que sus compañeros cambiaron al niño estu– dioso en desaplicado, al avaro del tiempo en pródigo para la disipación y di'versiones. El poco adelanto del ya adolescente y para precaver una caída fatal, de la que se había librado, obligó a la madre a ponerlo nueva- 1. P. Juan E. de Utrera, fa CAPUCHINO SANTIFICADO EN su PATRIA, vida del venerable Sal– vador Joaquín de Sevilla, I, pp. ·28-32. - La numeración romana se pone, porque el libro está paginado distintamente en varios cuadernos. - 2. Ib., p. 34.

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