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442 LA DIVINA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J. DB C, Tus heridas azotzs y bofetadas fueron dadas por mis manos atrevidas, y sufridas, Manso Cordero , por mí. Buen Pastor, busca la oveja perdida , pues tu vida la ofreciste por mi amor , gran dolor · teng·o , porque te ofendí. Los dolores de tu Madre dolorida son amores ofrecidos por mi vida. ¡Ay, Madre afligida si muriera yo por tí! En aquella solemne hora, dos vacíos inmensos ahogaban su corazón, destrozado y abatido: ¡Los oficios y misa, que había compuesto en honor de la Divina Pastora , objeto de sus amores , no recibieron aprobación; la doctrina de su apostolado , que siempre procuró fuese la más pura y cató– lica, estaba delatada al santo oficio! Dos clavos hincados en su alma para que su muerte tuviera valor de martirio ... Pero en el estertor de su santa agonía es indudable que, al dirigir sus ojos a la Madre del Pastor Divino en busca de refug'io y fortaleza, si no con los labios, con la voz de su alma, según lo había enseñado en sus mi– siones, balbucearía con el i:1áximo amor y piedad la devotísima oración a la Pastora dolorosa, compuesta por él para la hora de la muerte. · ~oh tristísima y dolorosísima Madre de misericordia! ¡Oh única espe– ranza de lós pecadores! ¡Oh eficaz atractivo de nuestras voluntades! ¡Oh Reina! ¡Oh Señora afligidísima! Con todo el afecto de nuestros corazones te pedimos que en el trance y agonía de la muerte, cuando ya viciados los sentidos, ya turbadas las potencias, ya quebrados los ojos, ya perdida el habla, ya levantado el pecho, ya postradas las fuerzas y cubierto el rostro con el sudor de la muerte estemos luchando con el terrible final paraxismo, cercados de enemigos innumerables , que procuran nuestra condenación y estarán esperando que sa l g·an nuestras almas para acusar las de todas sus culpas ante el tremendo tribunal de Dios, allí, Madre amorosísima, Protec– tora y Abogada nuestra; al ií, única esperanza de nuestros desmayados corazones; allí, poderosísima Reína, allí, vigi lantísima Pastora, allí, afli– gidísima María, ¡oh qué dulce nombre! , allí ampáranos, allí defiéndenos, allí asístenos como Pastora a sus ovejas, como Madre a sus hijos, como Reina piadosísima a sus vasallos. Aquel es el punto donde depende la sa l– vación o condenación eterna, aquel es el horizonte que divide el tiempo de la eternidad, aquel es el ins~ante en que se pronuncia la final sentencia, que ha de durar para siemp r e. No nos dejes, Madre clementísima, en acuel peli.gro, no nos desampares en aquel riesg·o, no nos olvides en aquel ho-
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