BCCCAP00000000000000000000461
440 LA DWÍNA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J. DE C. piedad fervorosa de los elegidos, entregándose a un profundo recogimien– to como quien está en extasis. «De hora en hora, dice 21 padre Serafín de Ardales, se aumentaba la . enfermedad y sentía muy a menudo arrancársele las entrañas con dolores inauditos. No hay que asustarse, dijo a una persona su más confidente; muero de la epidemia: los dolores del vientre son imponderables; ben– dito el Señor, que los ofrece y que ha permitido tal enfermedad a tantos: 110 hay que tener cuidado, pues muero alegre y conforme, y esto no tras– cenderá ni pasará de mí. «Es muy digno de notarse lo que aseg·ura nuestrn venerable acerca de la enfermedad de que muere: la epidemia no .entró 1m Ronda: el siervo de Dios pretendió pasar a los puertos a servir a los apestados, y se le negó: tenía noticias de los estragos.que hacía aquel mal y es de creer , en su · grande caridad por el prójimtf; pidiese a Dios, para aplacar su justa ira , cayese sobre él la epidemia y libert:1se a sus hermanos de ella y que este Señor _se lo concediese, pues la dicha enfermedad casi cesó por el tiempo en qlie ocurrió su muerte; y después no se repitió al año siguiente, como era de temer • (1). ' ¡Remate glorioso, el del apóstol de Cristo y de la Divina Pastora, que, hdbiendo consagrado su_existencia a la salvación de las almas, ofre– ció al fin su vida, como el Buen Pas tor, para salvar sus ovejas! Cuando, en aquellas amargas hora'~ de su agonía, dió una ojeada a·su p':lsado Y1.se le presentaron sus culp.as :·: aquellas culpal'i levísimas, que él por humiÍaad las abultaba exageradamente y las llamaba monstruosas, y en contrapeso recordó su vida entera, sacrificada a la causa de Dios y al bien de las almas; cuando por su mente desfilaron , como fantasmas, los honorrs y tí tulos con que le habían distinguido los cabildos civiles y ecle– siásticos, lµs corporaciones científicas y la nobleza, y junto a · ellos las burlas y vejaciones , los destierros y los mil heroicos sacrificios, que ha– bía padecido para defender el nombre de Cristo y los derechos de su Igle– ~ia, una lucha enconada se entabló en su conciencia entre los défici:s y haberes, alientos y temores, confianza y desencantos ... ¿Cómo en aque :los terribles momentos no había de volver sus ojos a la bandera de sus victo– rias, aquel bendito estandarte , testigo de toda su santa y azarosa vida, a • su dulcísima Madre y Pastora, que siempre fué su guía, su consue lo y · fortaleza? ¿Cómo no hahía de recordar lo que tantas v:eces predicó, que · filia •protege y ampara y defiende en la tribulación a todas sus ovejas y particularmente en la hora final a las que fueron en vida especiales devotas suyas...? Clavada la_vista en aquel misterioso simulacro, recordaría que aquel Cordero místico, que Ella acaricia con su diestra, derramó su Mn– gre por los pecadores, y con toda su alma le diría aquellas ternísimas es– trofas que tantas veces cantó en sus misiones: l. lb., pp. 223 y s. ¡Ay de mí! ¡Yo soy el que os ofendí! ¡Y sois vos el q:.ie padecéis, nii Dios!
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz