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436 LA DIVINA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J. DE C. se extendía por muchas regiones, no era más que un castigo enviado por Dios para convertirla . En Ronda no cesa de predicar: lo hace para la fiesta de la Virgen del Car– men y la d.e Santiago. De ambos sermo– nes escribe el beato a su director que cierta persona de singular virtud «vió en el primero que, al tomar yo la bendición en el altar, parecía otro muy diferente al que soy, como lleno de luz o de los do- . nes del Espíritu Santo; y que predican– do salían rayos de luz con las palabras que, llegando a los corazones de los oyentes, rechazaban en los más, deján– dolos en su falsedad; y erar' muy pocos los que, al tocarles, se dejaban penetrar . tanto de su luz, que con ella quedaban bañadas sus almas y hermosas como ángeles. En el segundo vió que '. as palabras que pronunciaba en el sermón, unas pa- FRAY DIEGO JOSÉ DF. CÁDIZ ENLOS ÚLTIMOS AÑOS DE SU VIDA. redan llamas, otras tenían figura de saetas encendidas; y que en los oyentes sucedía lo mismo casi que en el primero. «Esto ... - dice - me llena de mie– dos grandísimos, porque estoy convencido de que mi predicación debe ser, como toda de Dios, llamas r saetas ... , para lo cual me es necesario un co– razón inflamado , quasi ignis; y que hallándome distantísimo de esto, soy responsable de las almas que dejan por esta causa de convertirse» (1) . Entre otras predicaciones deben consignarse las de rogativas para li– brarse del cólera. De ellas dice fray Diego: «Las noticias que llegaron aquí de los estragos que hacia en Cádiz el contagio y que ya había saltado a Se– villa en su barrio de Triana, movieron a estas gentes para que sus dos ca– bildos con el cuerpo de Maestranza dispusiesen funciones de rogativas, procesión, etc., en las que, de los lres sermones que se predicaron, me encomendaron el primero y el último. Prediqué el primero eón el fervor que Dios me concedió; asistí al seg·undo , cuya oportunidad me llenó de admiración y confusión» (2). A esta predicación siguió el doble sueño de las harañas; en el prime– ro creyó el beato reconocer en ellas el contagio para Ronda y es voz co– mún que por la permanenci:1 de fray Diego en la ciudad se libró del azote. En el segundo reconoció que era la epidemia para Ronda y los demás pue– blos, en dónde no cesaría la misma o no se haría fruto sin ella con sola la predicación (3). A pesar de sus gravísimos achaques y con gran sentimiento de Ron– da, se lanzó a predicar la novena del Rosario en Grazalema. Hace el viaje a pie, como solía en sus bt:enos años; le acompañan el vicario capitular l. Ib. - 2. Carta al P. Alcover, 14 de octubre de 1800. - 3. Ib.

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