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iMAGEN bE PASTÓRA PARA Los CAPUCi-tlNÓS DE SE.VILLA 37i en 1a· particularidad de nuestro templo, que atesoraba la colección de pir. – turas de Murillo más rica y numerosa del mundo, ocupando todos los altares y parte de sus muros con tal simetría, que hubiese sido un atentado artístico romperla o deformarla. El historiador y crítico literario don Alonso Margado fué el primero que explicó bajo este aspecto la carencia de imagen (1). En el mismo sen– tido abunda el delicado escritor fray Ambrosio de Valencina en su artículo, La Pastora de Capuchinos. •Parecía natural-dice-que, habiendo nacido la devoción a la Divina Pastora en el convento de capuchinos, estuviera allí su pri1Úitiva imagen y su primer camarín, y tal vez causará extrañeza a muchos que así no fuera, pero esa extrañeza desaparece, teniendo en cuenta que la iglesia de capu– chinos contenía por aquel tiempo en sus retablos las joyas más preciadas del arte pictórico; que todos sus altares estaban pintados por el célebre Murillo y que este artista incomparable había distribuido y colocado la.s imágenes en los retablos con tal simetría y perfección, que no era posible trastornar uno, para dedicarlo a la Divina Pastora, sin destruir la armonía que la iglesia presentaba en su conjunto maravilloso » (2). Dichas razones, que son las mismas de Margado, no pueden admitirse, porque si prueban la solicitud de los capuchinos andaluces para conservar incólume la colección murillesca y exhibirla tal y como la distribuyó y colo– có el artista, son en cambio, fútiles y vanas e históricamente erróneas, para explicar el hecho de tan persistente preterición; porque consta que el padre Felipe de Ardales, en su segunda guardianía (1783-1787), erigió un gran al– tar, en nuestra iglesia de Sevilla, a la imagen del Crucificado y a la de la-Virgen de los Dolores, ambas de tamaño natural (3); y un poco más tarde, en 1798, como se verá, se fabricó un camarín con su altar a la Divi– na Pastora, que es el que ocupa hoy la Virgen Dolorosa, sin menoscabo de las riquísimas pinturas, que pudieron permanecer intactas, porque di– chos altares se emplazaron en un careto o tribuna baja, que había en la nave lateral izquierda, colindante con la sacristía y el presbiterio. La causa, a nuestro juicio, explicativa de no tener imagen ni altar de Pastora nuestra iglesia en los primeros noventa y cuatro años de la devo– ción, debió ser que, frente a la gran mayoría de ·1os capuchinos que desde su principio abrazaron con entusiasmo el nuevo título, existió entre algu– nos cierta oposición para que se estableciese en nuestras iglesias, como sucede en toda novedad de las devociones, lo que sobrellevó con entereza y resignación el venerable padre Isidoro de Sevilla. Ya lo insinuó el propio padre, en su libro La Mejor Pastora Asunta, donde hablando de las nuevas imágenes, refiere el caso de la: de nuestro convento de Granada, mandada retirar, como lo hicieron también los capuchinos de Cataluña, según queda expuesto. Esta dificultad se allanó bastante cuando el definitorio provincial, en 17 42, ordenaba que, en las ciudades donde hubiese conventos capuchinos, ' no pusieran nuestros religiosos imágenes de Pastora en las iglesias ex– trañas, sino en las propias de la Orden. L SEVILLA MARIANA, t, 4. 0 , p. 262. - 2. fa ADALID SERÁFICO, revista de Sevilla. aM 1900, p. 108. - 3. ,Además de los altares dichos hay en la iglesia otros dos altares, el del Santo Cristo y nuestra Señora de los Dolores de talla, que puso el reverendo padre guardián fray Felipe de Ardales. Y el de la DLvina Pastora ». Fr. Angel, o. d.,l 1. 0 , f. 20.
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