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352 LA DIVINA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J. DE. C. Debemos hacer hincapié sobre la trascendencia y los magnos efectos que implica la institución de la festividad lograda por el apóstol de Espa– ña, porque aún el fousto acontecimiento no ha sido debidamente pondera– do, o, lo que es más sensible, sufrió el olvido y la preterición. Sin embargo hay que confesar que, además de su ílrimacía en toda la Iglesia y del realce litúrgico dado a la devoción con la ~florescencia de la piedad, esa fiesta ha sido la llave que abrió de par en par y para siempre las puertas de todos los templos capuchinos para entroilizar las imágenes de la Divina Pastora y rendirles los suntuosos cultos de que habla la his– toria de la advocación, fué el origen para que se instituyeran otras fiestas canónicas similares en muchas diócesis de los más remotos países, y sir– vió también de motivo y base para que la Orden capuchina, en día feliz, acordara su celebración en todas sus iglesias del mundo. ¿A quién se debe este movimiento tan saludable y consolador en la liturgia mariana, supremo culto con que venera la Iglesia a la Madre de Dios?. Ciertamente a fray Diego de Cádiz. Cumpliendo él la misión que le confiara la Virgen, es el sembrador que arrojó la semilla en su patria, vió nacer el árbol con pujanza, y ya, an tes de morir, un retoño de peremne exuberancia alegraba la festividad de la Madre del Buen Pastor en los flo– ridos campos de la Etruria.
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