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INP0RMl3 _SÓBl~l3 EL Ml3MóRIAL A LA R13IN~ gran Cruz de Carlof' III, secretario de la reina; duque de Alcudia, consej~-, w de Estádo , superintendente de correos y caminos, grande de España , 1 l• 't • ' , · toisón de oro y otros gajes, que le concedía el rey dominado por la reina, sin adverti F"las maliciosas habiillas de la corté·,·ctenostando a María Luisa · por su apasionada p1;~dilección por el joven y arrogante minisiro ,- pues todos conocían su es:éasa instrucción, mediana capacidad y ninguna ex– periencia. Era de id~~s religiosas avanzada s, y su exaltadoregal _ismo, ra– y,rno en pui·o jansenista. «La Iglesia de España-dice Lafuente-mira con tedio a Godqy , no tan sólo por los rnales que causó a la nación, sino tam– bién por sus· escasas ideas religiosas y por los golpes que en su tiempo hubo de sufrir. Godoy no solamente siguió legislando e11 materia eclesiás– tica sin contar con la :autoridad de la Iglesia , sino que destruyó muchísi– mos benéficios eclesi'ásticos y no pocos establecimientos de _benefi~en– cias , (1). «Se mandó ' proceder a la enajenación de bienes de hospital°es, hospicios, casas de n'iisericordia, cofradías , memorias, obras pías y patro– natos de legos, imponiendo el producto de su renta en la caja de amoritiza– ción al 3 pqr ciento ... De esta manera el auri sacra lames de Godoy acabó en un día con la .riqueza de los establecimientos de piedap y de otras ins– tituciones» (2). Desde '. aquel tiempo viene la ruina dél culto en muchas igle– sias (3). «Tal era la.'C_orte de España bajo los funestos áuspicios de Go– doy. De aquella época data nnuestra decadencia y malestar. N.o se há hecho cosa mala en nuestros días que no se inaugurase en aquel funesto reina– do », (4). Por nuestra parte no levantaremos el ·velo de los vergonzoscs de– litoey de que le acusaba la voz pública: bástenos añadir, sobre el que fué esccirnio de .fa nación 'y valido de la reina, lo que escribía el .citado histo– riador: «El príncipe de la Paz nunca fué religioso, manchó su tálamo y ajó f~ púrpura real ., (5). Pues bi~n,· este -:es el hombre, en cuyas manos el inquisidor general puso el arm~ ofensiv~ :. del dictamen, en el cual respaldado in pugnará la causci de lá'Divina pq,stora y de fray Diego, escribiéndole una carta que le enrojeció las mejillas y le hizo llorar. En cua·nto al tribunal de la lnqui.sición, que dió el informe, ha de sa– berse que ya no era la lg-Jesia la que nombraba al inquisidor general y a sus ministros subalternos, sino el rey y por él los políticos , que cuidaban poner(al frente del santo tribunal a un clérigo. de- su cuerda, que fuese el testafei:,'.o .de sus fines inconfesables. Por esto no se elegían a los grandes prelado,s,,,de fü¡paña para tan difícil cargo, y si de algún modo quer.ía :n in– fluir patm:su rectitud en el proceder de la Inquisición, se les desterraba; co– mo ocurrió a los valientes arzobispos , Lorenzana y Despuig, so pr\;l'testo de que consolaran al Papa encarcelado . Además su libertad ya estaba 'Coar– tada, pues habiendo enjuiciado a ciertos ministros y ob'-ispos que compo– nían ,el Consejo extraqrdinario, acusándolos. de filosofi'smo y jansenismo, se le ordenó· que en adelante sólo conociera en delitos de herejía contumaz y de apti stasía, pasando las causas de blasfei11ia, biga11iia, sodomía, etc. a los tribunales ordinarios; y más tarde se le prohibió castigar a ningún títu- _ l . Lafuente, V, HrsTORIA EcLESIÁSTICA DE EsPAÑA, t. III, p. 398. - 2. Ib., p. 409. - 3. lb., pp. 308 y s. - 4. lb., pp. 400-404. - 5. Ib., p. 398. Véase Vázquez y Sánchez: PÁGINAS DE LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA_, p. 15, y Zabal.a y Lara, ESPAÑA bajo los Barbones, p. 68. . , .. , . .·. ' .
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