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314 LA DiVINA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J. DE C. pués de pr.edicarla de la ciudad, y la noven·a del día sig·uiente, domingo, y la de este día ,. se pospuso. «Nona, domingo 25 de sepliembre. Hizo la fiesta el ilustrísimo cabildo y ayuntamiento. de esta ciL1dad, que asistió formada, presidida de su asis– tente don José de Avalo. Se colocaron los bancos en el cuerpo de la igle– sia y la silla para el asistente. Dijo la misa su capellán, don José de Me– dina, y predicó el padre fray Diego José de Cádiz por el espacio de dos horas; se a·cabó la función a las dos de la tarde, en que la ciudad volvió a tomar los coches para retirarse. Se quedaron los doce cirios que sirvieron en la misa de a.cuatro libras y sacaron monaguillos; dió quinientos reales de limosna el procurador de la ciudad, marqués de Torreblanca; pidió al predicador el sermón para imprimirlo de orden de la ciudad, lo que no tu- vo efecto por no estar escrito» (1). • En esta segunda guardianía del padre Felipe predicó el beato Diego en la catedral su célebre sermón de pasión, en el cual dijo, refiriéndo~ e a l.os dolores de Jesucristo: «Que lo que a ellos daba mayor aumento cuan– do en cumplimiento de las profecías vió dividir o rasgar sus vestiduras, fué el conocimiento de lo que en este sorteo y división se representabB, que era el mal uso que muchos harían de las rentas y bienes de la Iglesia, in– virtiéndolas en éosas a que no estaban destinadas » (2). Por entonces había conseguido Carlos III del Papa la deducción de una tercera parte de las rentas de ciertos beneficios eclesiásticos para fines benéficos; y algunos, mal intencio.nados, delataron a fray Diego al consejo de Castilla, como un impostor y sedicioso , opuesto a los piadosos designios del monarca. Un destierro, por orden secretísimo del rey, fué el castigo que mereció el apóstol, y en él hubiera muerto, si el ilustrísimo padre Eleta no hubiese probado su inocencia y requerido que se le restituyese su honor y liber– tad: «Al recibo de ésta-escribe al beato-ya habrá vueslra reverendísima recibido la satisfacción al oprobio y calumnia que le habían levantado » (3). Asímismo predicó su segunda misión en la catedral de Sevilla el 1785, y a pesar de ser en febrero, fué preciso por el mucho público celebrarla en el Patio de los Naranjos; según lo atestig·ua fray Diego a su director: «Esta misión es tan dura que me parece se llenan los deseos de usted. La ar- l . Ib., ff. 283 y s. - Véase, en lo que sigue, cuánta era la mutua confianza, de estos dos in– signes capuchinos. En julio de 1791 hallábase en Ardales el padre Felipe y llamó a fray Diego para que oyera la confesión general del consejero de Indias, don Jorge Ecovedo, venido desde Madrid con este objeto. Es digna de recordarse la humildad ·con que les relataba jocosamente el apóstol su torpeza, siendo escolar en Ubrique, y los improperios que recibía de sus maestros. El padre Llevaneras lo refiere así: •En los tres días que el padre permaneció en dicho conven– to consolando a dicho caballero y especial bienhechor, de la casa de Martos, en los ratos de quiete y CONTE que se le hacían, refería el padre fray Diego lo arriba dicho y otras cosas en su desprecio. Nuestro padre provincial le decía: - Padre Diego, ¿cuántas canongías tiene vuestra paternidad? - Sí, padre.. ., tengo muchas, pero si el padre guardián... no usara de la caridad de darme una jícara de chocolate para desayunarme, con todas mis canongías y dignidades me quedaría sin tomarlo, porque nada me producen, más que una mera y simple pompa va– na-. Padre Diego, ¿y qué adornado de borlas en las universidades está vuestra paternidad?– Sí, padre... , soy lo mismo que el burro liviano que dirige la recua, que lo engalanan y llenan de borlas, pero al fin borrico es y se queda como los otros: así soy yo, que aunque me han llenado de borlas, borrico era y borrico me he quedado, . O. c. p. 4. - 2. P. Llevaneras, o. c., p. 120. - 3. Cami 15 de junio de 1784.

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