BCCCAP00000000000000000000461
FRAY DIEGO Y EL PAD~E FELIPB DE ARDALES 311 En una de esas visitas el padre guardián debió hablarles de la santi – dad y sublime predicación de fray Diego, lamentándose de que la enferme– dad le hubiese oblig·ado a suspender la misi ón que daba en 1775, indicán– doles que sería un gTan beneficio traerlo nuevamente a Sevilla. La duque– sa, que ansiaba oir al si ervo de Dios, vió el cielo abi erto y convino en in– vitarlo para la novena de nuestra Señor a del Amparo , de la parroquia de la Mag·dalena, y el 30 de octubre de 1776 ll egaba con este fin el apóstol a nuestro convento de Sevilla (1) . Al sig ui ente año continu ó la misión suspendida en el !rascoro de la catedral, «para que el arzobispo y capitula– res lo pudiesen oir a su gusto y satisfacer la ansia, que todos tenían, es– pecialrnenie los sabios y maestros de las Religiones, que anticipadamen!e acudían a tomar sitio por ser inmenso el concurso de todos los días (2): Aun sig·uió predicando otra misión al clero en el Salvador, y una tercera a l os caball eros 24 en san Franci sco, casa gra nde, y en al gunas otras ig·lesias con admiración de todos y gran fruto espiritual. En los ejercicios del Salvador al cl ero , el após tol predicaba de rodi – llas y muchos de los sacerdotes le oían también sus largos sermones pos– trados de hinojos . En una tard e al entrar en la igles ia el padre maestro Mi•ras, agus tino , vió hincado de rodilla s y como en éxtasis al padre Se– ba stián Arzad, regente de estudios de los franci~canos, y díjole: Arzád, ¿qué haces aquí? -¿Qué quieres que haga? Si veo que el que nos predica es Jesucristo-. Pué en esta predicación, cuando, al . volver tina nóche al convento , se dirigió al Sa grario para orar, y oyó la voz de Jesucristo que le decía: Acércale a mí, Diego mío. M edia hora duró el rapto y la conver– sación con nuestro Dios Sacramentado, perman eciendo como leve pluma abrazado a la puerta del tabernáculo. · Al cesar el padre Felipe de guardián en Sevilla , cesa también la pre– dicación del apóstol en la ciudad, que duró cinco meses , y no la reanudará hasta tanto que nuevamente aquel ocupe ese ri1i smo carg·o, para el que fué nombrado en circun stancias muy críticas y aciagas. Demos la palabra al cronista , para que él nos cerciore de los difícil es momentos que acompa– ñaron al nu evo prelado a su entrada en Sevilla. ~Tornó posesión-dice-de esta guardianía el rever endo padre fray Felipe María de Ardales, la noche del 31 de diciembre de 1783, en cuya noche , para amanecer el día primero de enero de 1784, es tuvo en suma– yor creciente la inundación del río por las repetidas lluvias y avenidas de la s aguas, subiendo tanto, que excedieron a las que de otros años se re– fi eren, causando muchos daños y perjuicios a la ciudad, barrios y campos. Se llevó el puente de barcas, que facilita el paso de S evilla a Triana , inundó altar de san Antonio de este convento. Y todos los días, además de los dos ca·puchincs que traían (los padres Dionisio de Huesca, su confesor y Cipriano de la Mota, capellán) habían de ir otros de esta comunidad a comer a su mesa, y en ella ordinariamente se había de poner algún plato de los que se administra a la comunidad en este convento. Y muchas tardes y mañanas venía n el duque y la duquesa y los hijos a almozar y merendar en este convento, y días hubo en que vinieron las damas y criados mayores, siendo éste el único re– creo y desahogo que se les concedía, y el más apreciado para los duques, pues no tuvieron otro en Sevilla, tratando y visitando a todas sus gentes con mucha llaneza, en ninguna parte tomaron ni aun agua, más que en su casa y en capuchinos. Fr. Angel, o. c., l. 1. 0 , f. 253. - 1. Ib., f. 252. - 2. Ib.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz