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01ó LA DIVINA PASTORA Y EL BTÓ. DIEGÓ J. DE C. Durante su primera guardianía de nuestro convento de Sevilla (1773- 1777), cuando la fama de las virtudes y milagros del apóstol comenzaron a sonar en todos los rincones de la península, vien'e fray Diego en sep– tiembre del 1'774 por vez primera a predicar en Sevilla, y al siguiente vuel– ve para misionar, traído por el deán Carrillo, gobernador eclesiástico, se– de vacante, «a instancias de la Confraternidad de las más nobles señoras de Sevilla» (1). Ya se trasluce aquí el influjo del señor Salcedo con el deán Carrillo, el de su sobrina, la condesa de Monteflorido, con las damas sevillanas, y el del padre Felipe, guardián para tal fin con los de dentro y los fuera de la Orden. Fr. Angel de León lo insinúa claramente, cuando afirma que al ser llamado el insigne misionero de nuestra provincia , sus «ecos evangé– licos habían resonado en las ciudades principales de Andalucía con admi– ración de cuantos le oían. Son extraordinarios las elogios de que llenan a este apostólico varón los hombres 111ás disting·uidos en literatura, con– fesando todos que en él hay asistencia particular del Espíritu Santo. Así lo afirma y lo escribe el reverendo padre g·uardián, fray Felipe María de Ardales» (2). La misión se celebró en el Sagrario de la catedral , con asombro y conmoción de toda Sevilla; pero al quinto día el apóstol cayó enfermo de tabardillo, suspendiendo la predicac ión, y entonces fué cuando se sintió tan grave, que creyó iba a morir y que había defraudado por negligencia suya la misión que Dios le había conferido . En esta ocasión fué cuando conoció al padre Francisco Javier González , quien para visitarle con fre– cuencia, un día dijo al padre Felipe:-Permítame, reverendísimo padre, que aprenda en el padre Diego el ejercicio de la muerte y de la cruz de nuestro Redentor, porque es tanta la dulzura que siente el alma, que no tengo voces para explicarlo- (3) . Entonces fué también cuando un señor, que, acompañado del padre Felipe , quiso hacerle una consulta, al retirarse éste para dejarlos solos, lo detuvo fray Diego, y una vez que terminó aquel de exponer sus dudas, dijo al padre Felipe que contestara. Pero el señor disintió del consejo, y fr:'ly Dieg·o se limitó a decir, señalando con el dedo al Crucifijo:-Aquel Señor lo dice, yo no, ni el padre tampoco, aquel Se– ñor lo dice - (4). Consignemos este hecho singul ar en favor de 10 comunión diaria. Como la enfermedad era gravísima, «privado por esta razón de poder ce– lebrar el santo sacrificio de la misa, suplicó humildemente al padre g·uar– dián, fray Felipe de Ardales, le diese el consuelo de poder comulgar sa– cramentalmente todos los días que no pudiese celebrar, lo que hizo con tan ferviente disposición, que edificaba y movía a devoción a los religio– sos» (5). El beato para reponerse hubo de marcharse a Ronda; pero su amistad con el padre Felipe y la admiración que éste sentía por las virtu– des del apóstol habían quedado selladas con lazo eterno. A mediados del 1775 llegaron a Sevilla los duques de Medinaceli, aristocracia inmancillada de los errores del siglo y amantísimos de los capuchinos, a los que visitaban con frecuencia, intimando mucho con el padre Felipe (6). 1. Fr. Angel, o. c., l. 1. 0 • f. 252. - 2. Ib., f. 252. - 3. P. Llevaneras, o. c. , p. 37. - 4. Ib., p. 38. - 5. Ib., p. 36. - 6. , Los martes de todo el año venía la duquesa a oír misa al
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