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FRAY DiEdü Y EL PADRÉ FELÍPE bB ARDALES ·asistir a su- lado en la santa visita, que es la que ha pedido con indecible eficacia. Sil última resolución la espero pasado mañana, y creo será de que pase prontamente a Cabra, donde su excelencia se halla y rpe aguarda> (1). Esta alusión hecha por un santo, tan honorífica para él padre Felipe, que era el nuevo provincial, nos movió a estudiar la figura de este in– signe capuchino andaluz y, repasando los tr.es volúmenes de nuestras Crónicas de Sevilla, vimos con tanta sorpresa como satisfacción que su personalidad está íntimamente ligada con el apostolado de fray Diego, que actúa una y cien veces en los asuntos más intrincados del convento y de la provincia, y que su nombre se repite con tanta profusión, siempre elo– g·iosamente, que de él puede decirse, con la debida proporción, lo que el cronista afirma de los muchos capuchinos, hijos de Ardales: que, «por su excelente virtud y penitencia ocupan mucha parte de la historia seráfi- ca» (2). · El padre Felipe María de Ardales nació en dicha villa el 1729 y tomó el hábito capuchino en Sevilla a los catorce años y tres meses de su edad, profesando el 20 de febrero de 1745 (3). Durante sus estudios se distin– g·uió por la observanda regular, aplicación y claridad de su inteligencia. Ganó en Cádiz, en reñido concurso, la cátedra de filosofía y teología (4), y enseñó ambas facultades en el convento de Jerez (5), formando por su óptima manera de enseñar lo que entre nosotros se llamaba escuela ge– nealógica, es decir, que sus alumnos fueron después profesores y sella– maban discípulos del padre Felipe; Fué elegido guardián de Alcalá la Real y dos veces de Sevilla, definidor provincial, custodio general, escritor de provincia y ministro provincial de Andalucía. El convento de Sevilla le debe g-randes mejoras y recordará siempre con gratitud el haber enrique– cido su i'glesia con la bella y devotísima imagen de la Virgen de los Dolo– res, atribuida a Gabriel Astorga (6). De él asegura el padre Luis Antonio de Sevilla que fué varón que djó honor a nuestra provjnda en cátedras, pú/pjfos y empleos (7). Su predi- · cación fué sencilla y apostólica ; pero muy constante, y en las Crónicas reza su nombre en frecuentes misiones, novenarios y cuaresmas, hasta en los días de su anciani.dad, que la predicaba en. 1801 en Peñarrubia, de donde con motivo del cólera no pudo regresar a Sevilla, .acogiéndose al convento de Ardales, donde murió del contagfo el 20 de enero de 1803. El concepto que tenía fray Diego del padre Felipe está cifrado en al– gunas partes de sus epistolarios al padre Alcover y al padre Eusebio. Al primero escribió cuando fué elegido provincial, y ya vimos como le llama– ba a boca llena especiafísimo favorecedor mío, a quien debo . 'mucho y deseaba: que ya es mucho decir por todo un fray Diego·, · a. quien se le abren las puertas del corazón para respirar librl:'.mente. Y a correo segui– do, le añade: «Ya signifiqué a usted en mi última el bello carácter de mi 1. Carta, 25 de octubre de 1790. - 2. Fr. Angel, o, c., l. 1. 0 , f. 335. - 3. L: de profesio– nes de la prov., f. 236. - 4. CRóNICAS de los capuchinos de Cádiz, f. 152, - 5. L. DE DECRET, de los cap. de Andalucía, f. 118. - 6. •Además de los altares dichos hay en la iglesia otros dos altares, el del Santo Cristo y nuestra Señora de les Dolores, de talla, que puso el R. P. guar– dián Fr. Felipe de Ardales •. Fr. Angel, o. c., l. 1.º, f. 20. Esta imagen era propiedad de don Pedro Pumarejo y doña Francisca de Segovia. - 7. VERDADERO RETRATO, p. 536, Lo mismo dice el P. Llevaneras, VmA DOCUMENTADA del beato Diego, p. 314. ·

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