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276 LA DIVINA PASTORA Y BL BTO. DIEdO J. DE C. rrencialmente; y viendo el prelado que se disponía para la marcha, hincán– dose de rodillas para detenerlo, le dijo: - Padre Diego, ¿qué dirán de mí cuando le vean salir de mi palacio en un día tan crudo y lluvioso? - A lo que contes.tó el santo: - Señor, lo que dirán será que cumplo con la obe– diencia, que me manda sin detención a Zaragoza-. Y dando el pecho al temporal partió p~ra la ciudacl de la Pilarica. En la ruidosa misión de Zaragoza fueron tantos sus trabajos y sinsa– bores, que, exhausto , llegó a perder la vista y el conocimiento en el púlpi – to. Fué aquí donde alcanzó el fruto áureo de su gran expedición apostóli– ca, no sólo del clero secular y regular, sino también porque hirió en el co– razón al monstruo de los errores enciclopedistas , enmascarados en cier – tos folletos: Proposiciones de Economía Civil y Comercio y Espíritu del señor Melón en .su Ensayo político sobre el Comercio, del doctor Nor– mante, recién publicados en la ciudad, entre las cuales espigó varias pro– posiciones impías y escándalosas, y las delató al Santo Oficio, ~n una de las tardes, en que predicaba al clero en el Real Seminario de San Carlos . El gesto heróico y de fortaleza apostólica costó a fray Diego el segun– do trallazo de la revolución: el primero fué la expulsión de los jesuílas, y ahora, desde los mismos antros ministeriales, logra desplazar al enviado de Dios por un lustro del ministerio de la predicación, reteniéndole en su destierro de Casares y en la soledad de Ronda. Pero antes que sea consumada tal injusticia recorrerá fray Diego todo el Oeste de España llevando triunfalmente inhiesta la bandera de Cristo y de la Divina Pastora. En la villa de Albalate los concursos fueron extraordi– narios, aun de ló's pueblos vecinos, cuya devoción en frase del apóstol, no cabe en la palabra. En Alcañiz húbose de construir una valla para que pu– diera ir a la iglesia custodiándolo la tropa; curó a un energúmeno y sanó a muchos enfermos de tercianas. En Caspe era tal el entusiasmo, que cuando por las noches iba a la iglesia o regresaba , el pueblo encendía an– torchas para ilumi,nar las calles; el piquete que le defendía fué arrollado y la muchedumbre, presa de fervor, con tijeras y navajas se llevaba el man– to y parte del hábito del apóstol, y cuando salió a despedirle, en la clara mañana.del 19 de enero de 1787, contempló en el cielo tr es soles, símbolo de la Santísima Trinidad, milagro con que Dios confirmaba la devoción del apóstol a tan.augusto misterio. Sube a Monserrat y predica a los mon– jes del célebre monasterio con pasmo de todos ; baja a Barcelona , y aquí le espera el prelado dispuesto a que predique una misión de cuarenta días, a lo que no puec.le acceder por prescripción de su provincial ; pero las ins– tancias de aqueffas gentes, del general, Audiencia, ciudad , nobleza, cabil– do y ·el pueblo con el obispo, le obligaron a que les predicase, y en el pri – mer sehmón fué tal el <;:oncurso, que superó al de cincuenta mil almas (1). En Reus el pueblo se desbordó para seguirle; penetró en una huerta , que quedó arrasada, creyéndose su dueño arruinado: a la mañana siguiente apareció más frondosa y lozana. Y así pueblo tras pueblo , como Jesucris– to por la Tierré'i"Santa, va por todo Levante evangelizando y sembrando la paz y·e1, bien. La misión de Valencia culmina en un pugilato por tener un puesto para oírle: hasta los nobles dejaban la comida y marchaban a la 1. Carta al padre Alcover, 16 de febrero de 1787.
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