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272 LA DIVINA PASTOllA Y EL BTO. DIEGO J. DE C. rectificó sus errores y escándalos, como gran parte de la intelectualidad cesó en sus ataques, sigu ió al apóstol, le consultaba-y le colmó de hono– res y distinciones. En los hogares de Madrid, que conservan la continui – dad de familia, aún parece que boga por sus salones la patriar cal figura del taumaturgo; el eco de su voz y doctrina se trasmite de una generación a otra y, cual si aún viviese, como algo íntimo y familiar, se le llama cari – ñosamente fray Diego. ¡Tan honda fué la huella dejada por la misión en la corte! Ciertamente que un grupo de libertinos, detentadores de la goberna– ción, ·persisti ,1 en su impenitencia y nos trajo grandes calamidades; pero esto no eclipsa la grandeza del fruto substancial de la misión. ¿Por ventu– ra no hubo ángeles rebeldes? ¿No cayó el primer hombre y fué traidor uno de los .apóstoles? ¿Y hemos de decir por esto que la obra de la creación y redención está fracasada? Pues si en estos casos la permisión divina res– petó la libertad del ángel y del hombre sin menoscabo de su gloria , algo así pudiera afirmarse de la misión de la corte: Fray Diego salvó la unidad de la fe y el espíritu de piedad del pueblo español , hincó hasta el corazón de la patria la bandera del catolicismo, la cruz; la regó y le dió exuberan cia con la lluvia y el fuego de su palabra divina, y en vano se intenlará mar– chitar su lozanía, pues siglo y medio de revoluciones y cien gob,ernos no– vadores no lograron ni entibiar nuestras creencias ni mermar nuestra ad– hesión a !a Silla Apostólica ni mucho menos arrancar oficialmente de la legislación la unidad de nuestra fe, como sucedía, con rara excepción , en todas las naciones europeas. Que si el invasor nos trajo impreso a la corte el dictado de su incredulidad y persecución al Romano Pontífice, fué Madrid el primero que se levantó en guerra sagrada de Religión e indepen– dencia. Y si una postiza República y sus pseudas cortes cortaron a r az de tierra el árbol de la cruz , proclamando que España habÍa dejado de ser católica, los corazones hispánicos, generosamente , como en los primeros siglos del cristianismo, volcaron a torrente su sangre sobre el suelo de la patria , hasta que vieron florecer en pingüe primavera el árbol bendito de su unidad y creencias. ¡Que todo esto es un precioso legado de fray Diego como fruto capital de su misión de la corte y de las otras por las region es de España! Pecaríamos de ingratos, si al terminar este capítulo no rindiéramos el debido tributo a nuestra amantísima Madre, la Divina Misionera, a qu ien se deben los inmensos beneficios de la misión. Recuérdese que Ella da al apóstol por protector a su siervo san Bernardo; se le aparece en el misterio en que fué por su Santísimo Hijo declarada _Madre y Pastora de la grey cristiana; le revela que Dios la ha constituido especialmente remedio de Madrid; en la iglesia del Carmen por mediación de su imagen le infunde aliento para que empiece, siga y acabe el sermón cuando no acer– taba a proponer el asunto pensado; y así continuó auxiliándolo, pues fra y Diego mismo asegura: «En los demás conocí el favor de la Santísima Se- elegido Pío VII y contribuyó a las restauraciones de las basílicas romanas . A l ocurrir su muer– te, agradecido el Papa, mandó hacer en ellas solemnes exequia s por su alma y expresó por es• crito a los deudos su gran condolencia por tan sensible pérdida.

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