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MISIÓN EN LA CORTE 271 lleva la obediencia, pues no eres ni serás nunca más que un instrumento de la divina Providencia para los desig·nios que tenga formados ya sobre tí, ya sobre tu provincia y reino » (1). · Y en la sig·uiente carta con amargo acento jeremíaco, le añade: «El Se– ñor te ha hecho muy visible y autorizado por lo qlle te oyen predicar (que tú sabes no es tuyo), y ve aquí por qué algo me han dicho y mucho juzg·o de la verdadera retirada de la corte y obispados no distantes de ella. No conoce ni quiere conocer el fiempo de su visifación ... ¡Ay de la corle, y fa/ vez de España! ¡Temamos y callemos!» (2). Este ay fatídico, revelador de la infidelidad y contumacia de los diri– gentes de la gobernación española y grito profético de los castigos que les sobrevendrían, ha pesado sobre los destinos de España, como ingente losa que no la dejará levantar su cabeza . Pocos años después, en diez y ocho días, vió el rey morir a los infan– tes, don Gabriel y doña María Ana Victoria, su esposa, y al hijo de ambos el infantito don Carlos José. Muerto de pena y tristeza Carlos !II, pasó tam– bién al sepulcro. Su hijo Carlos IV, fué un desgraciado; y la nueva reina la princesa de Parma, cada día más liviana y escandalosa; y los dos, destro– nados y extrañados, sufrieron con sus hijos vergonu¡nte cautiverio. Los franceses invaden la patria en la guerra del R·osellón, y gracias a fray Diego, que cual otro Moisés levantó sus brazos al cielo, clamando pie– dad y perdón para su patria, Dios detuvo el castigo, sujetando aquel mi– llón de revolucionarios que desde los Pirineos irruri1pieron en la penínsu– la para sojuzgarla y ponerla al servicio de la Convención. Pero muerto el apóstol, viene el azote de Dios contra Europa, encarnado en Napoleón y sus huestes, y cae sobre España, que dolorida vió a sus hijos, o de~ertores o que caían en su propio suelo, como las cañas ante el segador; sus ciuda– des y el trono de los reyes católicos en manos de los extraños, y su honor, riqueza y tesoro artístico hechos botín de g·uerra y de rapiña. Y una tras otras, las hijas indianas, a quienes dió hidalg·amente su sangre, su habla, su cultura y Religión, se iban emancipando de su vieja madre, hipot.ecada y vendida al primer postor extranjero. Era el atardecer de todo un imperio, cual no se vió otro, al que no supo conservar la coalición incrédula, y en su propio castigo y el nuestro fué liquidado espantosamente con pérdida de su poderío secular. ¡Cuántas calamidades, cuántos desastres y lágrimas presag'iaba el fatídico ay del padre Oonzález, porque los altos poderes no quisieron conocer el día de la visitación ni permitirán que el apóstol vuelva a la corte! ¿Diremos, entonces, que la misión de Madrid fué un fracaso? No, ciertamente: no lo fué por parte de fray Dieg·o, que cumplió su co– metido de plenipotenciario de Dios con toda fidelidad; ni por parte del pueblo, que mejoró sus costumbres; ni de la aristocracia, pues la incontaminada, se enfervorizó más(o), y la mayoría de la disoluta y relajada l. Carta 28 de junio de 1783. - 2. Id. , 20 de agosto de 1783. - 3. Recordaremos sólo a los duques de Villahermosa: él, después de su confesión con fray Diego, foé otro; y ella, siem– pre flor de virtudes, aprendió del taumaturgo a amar la Silla Apostólica, a la que dió cuantiosos donativos para qt1e los cardenales pudieran trasladarse al obstnc\.tlizado cónclave en qu·e fo é

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