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MISIÓN EN LA CÓr?TÉ No confieso a persona alguna; no hablo con mujeres, aunque me llamen y sean de la mayor distinción, y en esto procuro hacer lo que usted me manda » (1). La misión proseguía aparentemente con extraña calma, aun de los más avanzados líderes del mal, que no podían por menos que respetar la gran figura del taumaturgo y temer al pueblo, a la auténtica España, que amaba a fray Diego como a la niña de sus ojos y lo reverenciaba como a ungido del Señor y otro san Pablo encarnado para salvar a su sig-Io. Pero en el fondo , la división de Madrid, en dos bandos, era cada día más profun– da y acentuada: uno quería amordazar al apóstol y acabar con su presen– cia en la corte; el otro ansiaba su permanencia, su trato, y que atacara di– rectamente a los libertinos y sus doctrinas , como solía hacerlo en otras mi– siones con celestial elocuencia. En confirmación de esto vamos a desem– polvar un interesante episodio, que además nos da la clave de lo que acon– tecía. Lo true en el Informe que hizo de la vida del padre Cádiz el doctor don Nicolás Ortiz y Zárate, fami liar del cardenal Delgado, y amigo íntimo de fray Diego. Hablando de la sabiduría infusa del beato dmante su predica – ción, dice que, en la célebre misión de la catedral hispalense, su prelado solía dar algunos temas contra los incrédulos y libertinos a fray Diego, sin tiempo para meditarlos y, siendo «harto delicados, los desempeñaba con tal destreza y torrente de doctrinas oportunas, que nada dejaba que desear. Pa– ra mí las piezas de esta misión, fueron muy superiores a cuanto predicó en la corte, como que en ellos tuvo entera libertad para declararse contra las doctrinas de los novadores y falsos eruditos del día, contra quienes Dios le había destinado para ser el antemura l y el apósto l de nuestro siglo > (2). Y explicando el secreto, añade: «Por esta causa , advirtiendo su silen– cio sobre el particular en las misiones de la corte, habiéndole ido a visitar mi hermano (3) y yo la mañana del día 21 de marzo, en que a la sazón predicaba 'en la casa de los padres del Salvador, le hicimos presente que tanto callar en una materia sobre la que deseaban oirle con ansias. por lo que la fama habia publicado de su especia l tino para el caso , lo atribuirían a cobardía o faltad~ instrucción para explicarse, donde, al parecer, había más necesidad de tocar estos puntos, con .lo que la palabra de Dios que– daría desacredita y más expuesta a la maledicencia de los que se presu– men de sabios. Chocóle la especie y nos dijo: Bien me hago cargo de eso; pei'O, ¿ qué remedio , si ligado por la obediencia aun temo excederme en Jo que digo y estoy en que remato? Veré lo que hago. «El efecto de esta conferencia fué que , introduciéndose con maf:a en el punto la tarde de aquel día , hizo un descenso, en que enardeció contra esta especie de sabios , después de haberlos convencido, co.n razón y con .autoridades del santo Job, de su ignorancia y , lo que es más, de su inca– pacidad para el conocimiento de infinitas cosa s materiales; sin embargo fuesen tan osados para meterse en asuntos de Reli gión, que son incompa– rablemente más ocultos e impenetrables a la humana capacidad, los despre– ciaban , sin embargo , y hacían alarde de no prestarle su asenso con escán– dalo de los demás . Afeóles este arrojo y facilidad en meterse en los arca - l. lb. - 2. L. c., ff. 64 y s. - 3. Don Lorenzo, abad de la Colegiata de sa n Mart'.n de Cardona.

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