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MISIÓN EN LA CORTE 265 la pipa de Covadonga en la boca (1), y a la disciplina diaria añadir-segun– da .. . para ofrecer esta bagatela a mi Señor Crucificado, para el fin de lo que a mayor g'loria suya deseo. Los tres días, que en la semana la tene– mos de comunidad, suelen ser tres las que hago. Ayuno sin trabajo; por la mañana no uso la cadena, porque me parece estoy alg·o amenazado de los dolorciilos cólicos» (2). Esas bagatelas ya sabemos lo que son: ayunos rigidísimos saturados de acíbares; azotes sang-rientos hasta acardenalar sus carnes; la férrea ca– dena que, desde el cuello en cruz por el tórax y atada a la cintura, le hacía · andar inclinado con merma de los ritmos fisiológicos; y los tres cilicios– .recuérdese el del chaleco de la pág'ina 156-le causaban un sufrimiento t an insoportable, que en uno de los bullicios de Madrid, habiendo recibido de cierto noble un leve empellón, saHó un brinco con el rostro demudado ante la fuerza del dolor, disiinulando después el percance, diciendo que era muy cosquilloso (3). · Estas son las únicas armas con que fray Dieg·o se presenta al estadio de la lucha, porque sus sermones estaban por hacer, es más, en los cortos minutos, en que pudo reconcentrarse para esbozar el tema del dis– curso, hallábase tan perplejo , que pudo decir a su director: «El interior fué ocupado de una nube o tiniebla densísima, que me dejaba incapaz aun de pensár lo que había de predicar; la congoja y amargura era desmedida y to– do lo demás era consig·uiente aesto. Resolví por último que el primer sermón fuese una como homilía del capítulo primero de lsaías » (4). Así, turbado , abatido. con la inteligencia entenebrecida, marcha a reñir la primera bata– lla contra el cuartel g·eneraL Pero en cuanto sube al púlpito ya no es el hombre ruín, apocado y temeroso; ya su alma, iluminada con radiciones de luz divina , ve y concibe los arcanos de las ciencias y vuela cual águila caudal por las alturas de la sabiduría; brillan sus ojos como flechas de fuego , su rostro recobra el ademán de los profetas aureolado de extraño fulgor que baja del ci elo, y mientras amenazadores extiende sus brazos sobre el pueblo , en señal de casti g·o, o los abre en forma de cruz , clamando al cielo piedad y clemencia para los pecadores, se despliegan sus labios y con voz de trueno es tal el torrente de su ciencia y sabiduría, tal la fuerza de su virtud y de su elocuencia avasalladora, que no hubo enten– dimiento tan aferrado al error, que no se convenciera de la verdad anunciada, ni corazón por duro que fuese, que no se conmoviera, ni ojos que jamás lloraron , que no se convirtiesen en raudales de l.ágrimas, ni garganta que nunca g'in1ió , que no se anudara hasta prorrumpir en pú– blicos ayes y sollozos. Su palabra arrebatadora fué como una ola de fuego, que consumía y aventaba los errores e impiedades de sus oyentes, dejando la tierra de sus almas abonada para el cultivo de la fe y de as virtudes cristianas. Y es, que fray Diego, desde la cátedra del Espíritu Sa,n– to, no era él quien discunía y hablaba, sino por sus labios era Dios mis– mo el que se comunicaba con el pueblo , haciéndole patente el poder infi– nito de su verdad, de su justicia y misericordia , ante el cual, irresistible- 1. Así llamaba el santo andaluz a un a mordaza acibada que solía usar para mortificarse. - 2. Carta. 14 de marzo de 1783. - 3. N. Ortiz y Zárate, l. c., f. 74. En una de las tardes, re– fiere el mismo Ortiz, se le torció el capucho a fray Diego y pudo ver la cadena y parte del cilicio que llegaba al cuello. - 4. Carta a su director, 14 de marzo de 1783 .

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