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264 LA DIVINA PASTOl?A Y EL BTO. DIEGO J. DE C. ¿Quién era ese ministro, que osó probar la humildad, obediencia y sabiduría del embajador de Dios con miras seguramente de hacerle fraca– sar y apartarlo de la misión que se le confiaba? Era don José Moñino , el que diez años antes llegó a Roma, como embajador de España ante el Vicario de Jesucristo, que se negaba a refrendar el breve de la extinción de la insigne Compañía de Jesús , demandado escandalosamente una y cien veces por las cancillerías europeas. Pues bi en, lo que todas juntas no pudieron lograr, Moñino , astutamente , va a conseg·uirlo. Desde su llegada no descansa, labora con los íntimos del Papa, «intriga, parlamenta, inves– tiga sin cesar. En sus audiencias con el Pontífice se muestra decidido y firme, expresa su resolución inquebrantable de llegar hasta el fin ... La constante presión del embajador de Carlos III no deja al Ponlífice ninguna salida y temeroso ante las amenazas más o menos veladas de Moñino (el atribulado) Clemente XIV decide publicar el breve de supresión de la Compañ(a » (1). En recompensa de estos nefandos servicios, ya , por orden del rey, no se llamará Moñino, sino conde de Floridablanca. Pues este señor Moñino, investido de conde y primer ministro de la nación es el que traza a fray Diego la materia de sus sermones y hay que señalarlo desde hoy con el índice , cual el mayor enemigo del plenipotenciario de Dios , a quien traerá en jaque no sólo en la corte, sino dondequiera que intente extrangular la coalición de incrédulos que profana-han la patria. Al santo misionero, en lo más íntimo del alma, se le presenta el dile– ma terrible de levantar bandera contra las disposiciones del ministro o de acceder a lo que se le manda. En lo primero previó que los enemigos de Cristo formarían un escándalo formidable, cuyos efectos inmediatos serían el fracaso ,total de la misión y el privar después a toda España del benefi– cio de su apostolado. En lo _s egundo, aunque coartado , podía hacer en general un bien inmenso a las almas, exponiéndoles puntos de doctrina que las previnieran y curaran de los errores del siglo; y ·entre ambos ex– tremos se sometió a la dura prueba , que le imponían. Convencido, además, de que esta clase de enemigos es de la que ase– guró Jesucristo que no se expulsa sino con la oración y el ayuno, se abra– zó a estas dos armas espirituales , mas poderosas que el dardo del hombre bilingüe y que la fulminante trilita de los cañones. Orame mucho, Diego mío,-le decía su Crucifijo , sufriendo una segunda pasión-, y fray Diego se entrega parte del día y casi toda la noche a orar (2). Y ni el cansancio del viaje ni sus achaques ni el rudo trabajo de una misión tan azarosa , que debía durar unos cincuenta días , le impiden macerar su enjuto cuerpo con las más ingeniosas y acerbas penitencias, cual víctima que expiaba los pecados del pueblo. «He dispuesto-dice a su director-hacer las comunes mortificaciones de dormir sobre las tablas , usar los tres cilicios mientras la predicación, uno de ellos bien grande, traer un largo rato a la mañana l. HrsTORIA DE EsPAÑA Y su INFLUENCIA ..., t . 5. 0 , pp. 186 y s. - 2. , Como adviértesen en el convento de capuchinos de la Paciencia en la corte que, cuando a la tarde o retirado de sus tareas apostólicas, se iba a la iglesia y volvía a lo mismo después de la cena o colación, an– dando mudando de puestos en las ca pill as para no ser conocido, sin que después supiesen cuándo se retiraba a descansar por más que le seguían los pasos... • INFORME del Dr. N. Ortiz y Zárate, inserto en las CRÓNICAS de los capuch inos de Ubriq ue, f. 73.
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