BCCCAP00000000000000000000461

262 LA DÍVINA PASTORA Y EL BTÓ, DIEGO J. DE t:. cuando era más combatida de los errores de su siglo y menos atendida de sus príncipes? A las cortes de estos fué enviado y, aunque celosísimo de la honra del Señor y de la autoridad de su Esposa, templó su celo y, en– dulzado, lo hizo ser útil a los designios del Señor. Tal protector se te ha dado y con tal modelo, ¿cómo no has de pensar predicar al pueblo y clero, como dices que piensas?» (1). Seguidamente con la sab iduría propia de su gran inteligencia, que tan profundamente sondeaba la psicología del cora– zón humano y las lacras que corrompían la sociedad de su siglo, le traza un cuadro bellísimo sobre lo que es un misionero y sobre la doctrina que ha de predicar y la manera de exponerla. «El misionero-le dice-es un en– viado de Dios para que anuncie a los pueblos a que es enviado la voluntad de su Divina Majestad: ésta es que todos se salven y que conozcan la ver– dad ... La verdad que anuncia es inmutable, porque es el mismo Dios o de Dios: La fe , la Religión ... , es una; pero los pueblos, su cultura, su carác– ter, no es el mismo . No mueven a los civilizados las exclamaciones terri – bles, tanto como las suaves insinuaciones de las verdades eternas y recon– venciones eficaces, pero compasivas de los muchos que las olvidan y ex– ponen su salvación. Quédense por ahora sin uso los rigores, las amena– zas ... Bueno será que si alguna vez te sientes inspirado a declamar con vehemencia contra el dominante libertinaje y falta de fe, piedad y sumisión a la santa Iglesia, a sus ceremonias y ritos, lo hagas; pero no determines tanto, que pintes a los sujetos y, después que te hayas ardido, témplate y disculpa tu ardor con la necesidad de él, atendida la importancia de la materia y el error de los que, deslumbrados, aman las tinieblas de sus caprichos, desatendida la luz de la Religión y de la razón » (2). La hora de partir había sonado en el reloj de la eternidad y fray Diego toma sus armas de combate: el Santo Crucifijo, el lábaro prodigioso de la Divina Pastora y su Breviario, y desde Ronda se dirige a Cádiz para pedir la bendición a su padre provincial. Acompañado del padre Eusebio y de un hermano, que cuida del jumentillo para alivio de los socios, sin más pertrechos que la clemencia divina, a pie y en plena invernada, dando el pecho a los fríos y nieves, arranca el 12 de febrero de 1783, atraviesa toda Andalucía, se interna por las quebradas alturas de Sierra Morena, re-corre la Mancha, extenuado y abalido del rudo caminar , avanza silencioso por las escarpadas tierras de Toledo, y cuando desde un altozano , en el albo– rear del 7 de marzo, ingrávida y desdibujada en la lejanía, divisa la silueta de Madrid, su corazón se extremece y a tropel se agolpan a su imaginación los fantasmas de las impiedades de la ciudad infiel, ingrata y delincuente, y de la gran responsabilidad que ha contraído ante Dios y la historia para su conversión. Ese es Madrid-se diría llorando, como el profeta de las lamentacio– nes al contemplar la ciudad santa - ; esa es la Babilonia de nuestro siglo; ahí están los teatros, donde se hace mofa y burla de la Religión; ahí, los palacios, donde anidan los corifeos de la impiedad;ahí, las bibliotecas clan– destinas, repletos sus anaqueles de libros contra el dogma y la moral; ahí, los ministerios , cubiles donde se celebran las tenidas y se incuban los planes, para destronar a Jesucristo y hundir a su Iglesia; ahí , ahí está l. Carta 5 de septiembre 1782. - 2. Ib.

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz