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MJsIÓN EN LA ton'rE 259 r-as, para evitar las suspicacias y maledicencias de los enemigos, 'dispues– tos a mancillar , con una paletada de lodo, su autoridad ·evangélica, como solía hacerlo la condesa del Montijo en sus banquetes, repartiendo octa– villas indecorosas contra los frailes, pagando casi sieillpre un . capuchino los platos rotos de su jansenismo, y hasta un ministro, por l'nediación del excelentísimo padre Eleta llegó a darle la minuta de los temas, que debía tratar en la misión (1). Su mismo director abunda en insinuaciones más o menos acertadas al trazarle el plan de vida de la misión: «Me parece-le dice_:._que; si la misión es en la corte, eligieras de los dos conventos, el que le alejase más de la casa de los excelentísimos y del trato de gentes; y, si es en el Real Sitio, que en lo posible huyeras de toda señora, conteniendo el vehemen – te deseo de ganar para Dios la serenísima señora princesa. Esta conquista no es para pretendida-, sino para derramar el corazón a los pies de Jesu~ cristo•,:· i·.eco,nociéndote el que eres y el que fueras dejado a tu misería, y espe,r.<iir,,la tje su bendita mano, que si conviene la facilitará por los medios que nHú •pienses, hasta que se faciliten; «Sea donde fuere la misión , no olvides lo que sobre el espíritu y· modo de ella hemos hablado : El verdadero espíritu del cristianismo dulcísima– mente y sin exclamaciones terribles enseñado, explicado y persuadido con blandura y eficacia. El trato con los de la real familia, señores de la corte, ministros de Estado y Consejos, humilde, reverente, civil, atento, afable, pero con religiosísima circunspección y gravedad, propia del que es ministro plenipotenciario del Soberano de los soberanos. «Sólo instado para cosas de espíritu o conversión sincera tratarás con las .señoras, porque en palacio el trato entre señoras y misioneros, como tú, está ·muy expuesto a la maledicencia. ¡Cuánto abultará la depra– vación de los libertinos! ¿Qué cautela está demás? ¿Qué circunspección sobrará? El Señor te inspire y ·libre de émulos. ¡Huye y frecuenta sus pies! Escóndete en su Sagrado Corazón ... «¿Y qué eres , fray Diego , qué eres? ¿Hay en tí algo bueno que sea tuyo?.. Nada, nada, nada. Si los rarísimos y singularisimos beneficios que, para servirse de tí, has recibido de Dios, se hubieran hecho a otro , ¿fuera el que a sus ojos eres todavía?... Misiqnero y enviado suyo, ¿estás fir– memente resuelto a recibir gozoso las injurias y persecuciones que te es– peran? ¡Ah, amadísi1i10 hijo míoI ¡Qué sé yo si te las deseo! Creo que sí , porque amo, más de lo que sabes, tu alma» (2). Es'.os consejos, sapientísimos y por demás prudentes, en cuanto mi– ran al espíritu de fray Dieg·o, a su honor y a preservarlo de una campaña maledicente en materia de honestidad, tan de esperar entonces , y de la que quizás le libraron , no .sabemos, si en orden a los frutos de l·a misión de Madrid , influiría de un modo o de otro y con otras causas mayores para que su victoria final, la sofocación del enciclopedismo, del libertinaje y de la persecución a la Iglesia en la alta sociedad y en los dirigentes de la po– lítica española, no fuese un hecho total, en lo que estaba empeñado el _mismo padre González y ardientemente deseaba. · Pero aquel alojarse en convento de la Orden, aquel alejamiento de 1. P. Ubrique, V mA DEL BEATO Drnco, t. I, p. 295. - 2. Carta, 25 de febrero de ·1783,

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