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VATICINIOS DE LA MISIÓN DE LA CORTE 257 vasallos de los príncipes? ¡Qué Dios para tí! ¿Y eres tú el que debes ser par·a Dios? Lo eres en parte... y lo serás para mayoi· gloria suya,' cuando tengas que padecer por su amor » (1). E l avisado director, siempre genio inspiradísimo en modelar la gran figura de su dirigido, cuando trata de la misión de la corte, se supera a sí mi smo, no sólo ·en íntimas comunicaciones , avisos y consejos sobrehuma– nos, que hacían vibrár las cuerdas más delicadas del corazón de fray Diego, sino también a·I anunciarle con años de antelación y muchas veces -más de ocho hembs registrado-que sus misiones en los pueblos y pro– vincias no eran más que escaramuzas con tropj/fas apostadas en Andalu– cía y el entrenamiento para asaltar el mismo cuartel general. «Orandis tibiresta via-le dice en cierta ocasión en que fray Diego, muy enfermo, se preparaba para bien morir-¿Cómo la seguirás ... si no te fortaleces con el pan de la divina palabra, que hablará en esa soledad a tu corazón El que te ha destinado para que en su nombre la anuncies cotam regibi.Js el principibus? (2). «Ya es tiempo de acercarte a la corte, campo futuro de la campaña» (3). «No se canse el mundo ni se oponga el infierno. Es vo– luntad de Dios que lleves su terrible nombre y lo anuncies a las gentes y aún a los reyes de la tierra » (4). «Quiere el que lo ha hecho, sin merecer– lo , su enviado a las cortes, que vaya a ellas a anunciar la verdad, desco– nocida , despreciada, aún ultrajada, de su evangelio, a gente de incircun– ciso y duro corazón; quiere que aquella luz, que alguna vez tuvo, de qué su doctrina la podrá contradecir el mundo, pero nunca resistirla, la vea, confundido con ella el mismo mundo. ¿Qué cargo no te hará sí, siendo la voluntad del Señor, tú no te proporcionas para cumplirla y tenerla? Cuan– to, para su desempeño necesitas, se te ha dado a manos II~mas. Fecit le idoneum ministrum... ¡Ay de tí, si no lo eres! ¿Cómo lo serás? Te lo he enseñado ... Despreciando tu vida, tu honra ... , porque sea en tí y por tí glorificado Dios, conocido y observado el evangelio de Jesucristo y tus pró– jimos convertidos y santificados. Arrostrando toda contradicción y arman– do de viva fe, cierta confianza y valiente denuedo, peleando con todó el infierno, conjurado por los libertinos, con firmísima certeza (yo lo digo) de que toda la hinchada sabiduría de los más presumidos no será capaz de resistir la que se te dará y con abundancia, cuando la necesites» (5) . No puede hablarse con más seguridad y clarividencia de lo futuro co– mo lo hace el padre González a su dirigido , señalándole, como un vidente todo lo que iba a acontecer. Un biógrafo de fray Diego, enfocando atinadament_e aquellas horas crí– ticas y aciagas, que entristecían por entonces el rostro de la más grande de las naciones, escribe este patético cuadro históricamente cierto: «Ha empezado el divorcio entre las dos Españas: la España oficial, ene– miga solapada de Cristo, y la España católica, ferviente adora'dora de Jesús; entre la que va a volver la espalda a su historia y a empezar la espantosa liquidación de su fe y de sus tradiciones, ·y la España cristia– na, que contempla llorando la prevaricación de sus poderes, todavía, más que obedecidos, venerados; entre la España, defensora de Dios y amazona del catolicismo , y la España que inicia sus persecuciones él lo 1. Carta 2 de julio de 1782. - 2. Carta, 10 de junio de 1780. - 3. Id., sin fecha, pero debe ser cctubre, - 4. Id., 16 de julio de 1781. - 5. Id., 18 de agosto.

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