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254 LA biViNA PASTORA Y EL BTO. biBGO J. be c. sociedad corroida y depravada, y confiesa que no era él, sino Dios el que hablaba por sus labios para convertir la aristocracia de la sangre, del sa– ber y de la política. ·Pero no olvidemos que todo esto acontecía al amparo de la égida de la Divina Misionera, que presidía y capitaneaba todos sus combates y campañas; porque de ella y por su patrocinio esperaba la con– versión y salvación de España. Sus sermones y arengas , aún los más te– rribles en atacar a los enemigos, iban dulcificados con el bálsamo de la misericordia de la Virgen o con plegarias marianas , que conmovían los más duros corazones. «Con la mayor ternura y derramando lágrimas-asegura el proceso de su beatificación-decía a la Santísima Virgen , refugio de pecadores, Madre de la divina gracia y auxilio de los cristianos, ruega por nosotros» (1). «Sus labios estaban llenos del amor de •Dios y de su Santísima Madre» (2). <Comenzaba toélas sus predicaciones con alabanzas al Santísimo Sa– cramento y a María Santísima ... , así como al inefable misterio de la Santí– sim~ Trinidad, lo que ha sido imitado por algunos otros» (3). «Era tan extraordinaria su deyoción a la Santísima Virgen, que antes de sus ser– mones hacía rezar el santo rosario » (4). Le enternec¡a siempre el oir o pronunciar el nombre de la Santísima Virgen, y cuando sonaba en cual– quier reloj la hora, interrumpiendo la conversación, aunque fuera con per– sonas de alta categoría, rezaba la salutación angélica y añadía una breve jaculatoria, obligando así a los circunstantes a que alternaran en la ora– ción» (5). Su piedad para la Santísima Virgen era singular y conocida, pues la manifestaba durante su predicación , que suspendía, por unos mo– mentos, al oír la hora del reloj, para recitar el Ave María a nuestra Seño– ra, excitando el fervor de su auditorio » (6). «Ardía en llamas de amor di– vino durante sus sermones y, aunque el testigo hablara con lenguaje hi– perbólico, cree que no podría explicar dignamente la devoción y amor del padre fray Diego a la Santísima Virgen María , nuestra Madre y Señora, al misterio de la Santísima Trinida,d, y, si puede haber distinción, a nuestro Señor Jesucristo Crucificado. Verlo y oírlo en el púlpito con alguna de sus imágenes en la mano, es cosa que ni antes ni después ha visto ni oido el testigo. Sus palabras y afectos enardecían el corazón más gélido» (7). He aquí indicado el poder de protección y el amplio ,canal por donde fray Diego trajo torrentes de gracias tan eficaces, que se creyó que España estaba ya libertada de" la revolución y revertida a sus santas tradiciones. Esos grandes e insospechados frutos hay que atribuirlos a la Divina Pas– tora, pues con su estandarte comenzaba las misiones, con él muchas ve– ces arengaba a sus auditorios, a ella acudía e invocaba en su vida íntima y en sus predicaciones, la paseaba solemnemente en los Rosarios de la aurora y le cantaba gozos y plegarias, como consta en la misión de Jerez de la Frontera y en la que dió a los protestantes en la ciudad de Cádiz (8). Ya lo anunció fray Diego en su Dedicatoria al sermón de Benaocaz: «A la verdad, Pastora mía, ... Vos ... calcáis y pisáis con vuestra propia virtud l. SuMM., p. 127. - 2. PRoc., p. 27. - 3. SuMM., pp. 189 y s. - 4. lb., p 195. - 5. lb., p. l. - 6. lb., p. 210. - 7. PRoc., p. 54. - 8. E XTRACTO COMPENDIO SO de los sermones predica– dos en Cádiz a los señores de las iglttSías protestantes, p. 79.
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