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ESCENAS bE ARANjUEZ «Entre todo esto no han faltado algunos émulos, que al rey y al prín– cipe han querido desvanecer el concepto que Dios ha dispuesto que for– men; mas a las primeras palabras han sido fuertemente rebatidos, hacién- · doles enmudecer. Su majestad y toda su real familia, que apenas hablan de otro asunto que éste, se muestran complacidísimos en un modú muy ' notable , que sólo oyéndolo puede creerse. Estoy creido, padre de mi co– razón, que ha hecho Dios su obra• (t). El padre Colonia ··~n Retratos de Antaño pinta algunas escenas de esta célebre misión y ·fraza con fuertes rasgos y bellas pinceladas la gran figura de fray Diego, todo amor, simpatía y apostolado. Entre los grandes, que afluyeron para oírle, cuenta a l_os duques de Villahermosa, que acom– pañaban a su tía la marquesa de Villafranca, amiga y devota del apóstol, la cual proporcionó varias entrevistas con él a sus sobrinos. El duque se confesó con el beato prolijamente y debería ser amig·o del semiconver tido embajador ruso, porque escribió en su Diario: «Estuve a comer en casa del ministro de Rusia. ¡Qué profusión! ¡Qué banquete, donde jamás . se piensa ni se habla de Dios! ¡Cuánto lo que allí pasa dista d~ las leyes del evangelio! No dig·o que sea malo. Nuestro Señor asistió al convite de las bodas de Caná» (2). En la emocionante narración que hace fray Diego de sus predicacio– nes en Castilla salta a primer plano su propósito y anhelo de conquistar tres ovejas descarriadas para el redil de la Divina Pastora. Una es la aris_– ·tócrata dama convertida para la virtud y el ejemplo de la grandeza; otra, la cismática, que vuelve al redil de Cristo; la tercera es la princesa de Astu :. rias, a la que dedica frases de paternal cariño, porcjue reconoce la tras– cendencia de la conversión para su bien y el de España: pero est<:is _últi– mas manifes,t~ciones le.fueron prohibidas, y mucho después hasta darán juego en el proceso de su beatificación, impugnándose su procecer de im– prudente y excesivo. El apóstol vióse obligado a distanciarse de la prince– sa y a cortar su corres.pondencia. ¿Influiría esto en la caida moral de la de Parma ... y .con ella en el eclipse el imperio hispánico? ¿Sólo los juicios de Dios podrían cerciorarnos de la verdad de esta trag·edia. No obstante, debemos señalar que fray Di,go volvió a Andalucía con la estrecha amistad del rey, de los príncipes y del ilustrísimo confesor, de la cual hará uso a su tiempo, para que todos ellos interpongan su in– flujo ante la Santa Sede con el fin de que sean aprobados el oficio y misa de la Divina Pastora. ¿Y por qué dudar que entre las estampas que dió a a los príncipes iría alguna de la celestial Misionera para inculcarles su devoción? En la predicación de estas tres misiones se ve que el apóstol no ha hecho más .que proseguir su programa de la Dedicatoria del sermón de Benaocaz, lo que escribió en las Adiciones a la Regla de la Hermandad de la Divina Pastora, en Estepóna, y lo que predicó en Ecija, para la inaugu– ración de la nueva imagen. Es todo un ataque a la impiedad reinante con el cuchillo de dos filos de la palabra divina, arma, que hiere y cura, abate y levanta, d,zstruye y edifica. El mismo fray Diego quedóse atónito,ton– templando los formidables efectos de su predicación sobre aquella ;alta l. Carta de 18 de mayo de 1782. - 2. O.,_ c., t. 2.º, p. 276_.
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