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LA SOCIEDAD ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA DE FRAY DIEGO 249 secreta del' siglo XVIII y de sus postreras heces en el XIX, si el pudor y el buen nonibre de nuestras letras no lo impidiesen» (1). El duque de Villahermosa escribió a don José Nicolás Azara, agente de preces en Roma, para que le obtuviera licencia de leer libros prohibidos. « Y Azara, que era de los impíos de verdad, desvergonzado y cínico, le contesta en mal francés, según la moda de los elegantes ilustrados, insul– tando al piadoso Pontífice Clemente XIII: «Estoy dispuesto a mandar a vues– tra merced cuantos pergaminos quiera, pero debo decirle que el permiso del Papa pnra leer libros prohibidos no es posible alcanzarlo en el pontificado de este Tartufo. Felizmente no nos incomodará mucho tiempo , porque está muy próximo a tender el vuelo a su paraíso; y su sucesor que, según la regla general, hará todo lo contrario que éste, nos dará bonitas dispen– sas» (2). Y poco después escribe: «He pedido el permiso del Indice que deseaba vuestra merced y me lo han prometido para uno de estos días: en cuanto lo reciba cuidaré de enviárselo para que salga cuanto antes ele! mal estado en que se encuentra por haberse comido tantas excomuniones. Yo me he tragado tantas como vuestra merced, y a pesar de todo me en– cuentro muy bien: sin duda la fuerza y la actividad de los ácidos del estó– mago es lo que hace ii1ejor o peor la digestión» (3). Diremos también con el padre Coloma: «Era entonces casi desconocida la frecuencia de sacra~ mentos, y mucho más en Francia, donde conservaba el jansenismo pro– fundas ráices» (4). Y para terminar recuérdese aquel grito sacrílego de Voltaire, tan repe– tido por sus secuaces: Ecrassez J'infáme, al que contestó Roda, nuestro ministro de Gracia y Justicia en carta a Choiseul, ministro de Francia: «Hemos muerto al hijo, ya no nos queda más que hacer otro tanto con la madre, nuestra Santa Iglesia Romana» (5). Pues bien a esta sociedad, corrompida y corruptora, que con loco fre– nesí se revolcaba en la charca de todos los vicios y hacía público alarde de su incredulidad impía, Dios nuestro Señor, misericordiosamente, le en– viaba al apóstol de la Divina Pastora, como último reclamo, para atraerla cual oveja errante a su redil. Cuando el gran taumaturgo caminaba hacia Toledo, Ocaña y Aranjuez, en el sentir de los hombres iba sólo a misionar a estos pueblos; pero en los designios de Dios esas misiones entrañaban un llamamiento divino a la España volteriana, que oyó, por unos momen– tos, los aldabonazos del cielo y acudió a ellos como no era de esperar, según veremos por sus extraordinarios efectos. Fué la primera como el toque de alarma en las cercanías de la corte, que la conmovió; la segunda, el eco de los silbos de la Divi.na Pastora oido por la corte, que acudió afanosa en tropel con toda clase de sacrifi– cios y dió señales de conversión; y la tercera, coincidiendo con la regia jornada y las célebres funciones de parejas, que atraían a la flor y nata de la nación, sobrepasando el número de forasteros, según los historiadores, a más de veinte mil, fué el gran triunfo del enviado de Dios, que conquistó millares de almas extraviadas, amistó con los príncipes y con el confe– sor del rey, fray Joaquín · Eleta, a quienes habrá de acudir en momen- 1. HISTORIA DE LOS HETERODOXOS t. III, p. 257. Lo cita el P. Coloma. - 2. Carta de junio de 1776. - 3. Id .. septiembre. Las cita el P. Coloma. - 4. O. c., t. I., p. 86. - 5. Iw.

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