BCCCAP00000000000000000000461
248 LA DI VINA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J. DE C. nublaban las inteligencias y corrompían la voluntad y los corazones. Los políticos y la nobleza, los intelectuales y los adiner!'),dos traspasaban los Pirineos para europeizarse y volvían con el espaldarazo de haber escupi– do en Francia, frase equivalente a venir con el entendimiento cargado de errores, con la apostasía en la voluntad y con el escepticismo de toda mo– ral en el corazón, Causa grima y náuseas adentrarse en la alta sociedad francesa de estos .años y ver el flujo y reflujo de la española pa r a seguirla ciegamente en sus pasos de perdición . No es decente ni propio de ( ste li– bro el levantar el velo de la corrupci ón de ambas Babilonia s, que con sus vicios, hasta en los epi stolarios , colmaban la medida de la cólera divina , que muy pronto les haría sentir el implacable azote de su justicia. Pero algo hay que decir para que se conozca la manada de feroces lobos, a los que quería convertir en corderos la Divina Pastora , y para esto les envía a su gran apóstol , como la mejor dádiva de su misericordia. El padre Coloma, que con tanta delicadeza y realismo a su vez retrata a uná y otra sociedad , dice: «Madrid estaba desconocido , y entre las rancias ideas y las antiguas costuinbres, arraigadas todavía hondamente en la cla,se media y en el pue– blo , sentíase ya brotar la impi edad en la aristocracia, como brota la yerba entre las piedras de un muro que desune y derrumba. Por ella habían co– menzado los propagandistas volterianos su obra de destrucción, ma s no clara y desembarazadamente, como se había hecho ya en Francia , donde la perversión del sentido moral y la profunda corrupción de costumbres tenía ya preparado de antiguo el fangoso terreno en que la semilla de la impiedad arraiga fácilmente. En España , por el contrario, procedíase poco a poco , lentamente , con mil precauciones , que burlasen la vigilancia de ' enemigo tan poder oso , como la Inquisición, temible aún , aunque ya tan de– bilitado, y obstáculo tan grande como la severidad de costumbres de Car– los m,' cuya pureza de vida reconocen unánimes amigos y enemigos. Por eso después de la expulsión de los jesuitas, que fué el primero y más atre– vido de sus golpes, la propaganda impía y revolucionaria de Aranda , Ro– da , Campomanes y Moñino hacíase tan sólo hábilmente disimulada en he– chos al parecer insi gnificantes, y en innovaciones cuya intención y funesta trascendencia denunciaban tan sólo los entusiastas J:1plausos de los pa– niaguados y el clamor incesante de los contrarios » (1). Hablando del célebre e infortunado marquesita d,e Mora, dice que con harto sentimiento suyo le fué preciso volver de París a Madrid a principios del 766, «donde fué recibido con los,aplausos y honores que se tributaban entonces a los que habían escupido en Francia y volvían a la madre pa– tria transformados por compl eto, haciendo alarde de los vicios e impieda– des de la sociedad francesa, lo mismo que de las casacas con tontillo y lms pelucas a la Panurg e » (2). Menéndez Pelayo tan avizor, como Coloma, al enjuiciar el movimiento literario de estas décadas prerevolucionarias, prendidas en la charca im– púdica de las mayores lubricidades, exclama: «No era la lujuria grosera de otros tiempos , la de nuestro Cancionero de burlas, por ej emplo, sino lujuria reflexiva, senil, refinada y pasada por todas las alqu itaras del infi erno. ¡Cuánto pudiera decirse de esta literatura l, P, Coloma, R ETRATOS DE ANTAÑO, e, I, pp, 253 y s, - 2, Ib,, t, II, p, 22,
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz