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FR. QIEGO, PIIEDICADOR DEL PASTORADO DE LA VIRGl:lN 241 mediaba la·s miserias de su pueblo; es si.mbolizada en la hermosa Sión, con cuya merhoria se consolaban los hebreos en su cautividad en Babilonia y es significadc1 en aquella fuente de Belén, cuyas aguas apetecía David para templar su sed. Por esto dice la misma Virgen en voces de la Sabiduría: Ya que, como la niebla, cubre toda la tierra, ya que, a la manera de un caµce de inmen sas ag·uas, se comunica a los huertos de su posesión, y ya que e-s exaltada como el cedro del Líbano, ·como el ciprés en el monte Sión, como la palma en Cades, como la rosa en Jericó, como la oliva en los campos, como el plátano junto a las fuentes en las plazas, que extiende su protec– ción, al modo que sus ramas el terebinto, y que son sus . fi·utos suaves y apetecibles, como son los de la vid para todos: en una palabra, es a la manera de ese luminar que nos alumbra, de quien dice el Eclesiástico, que desde oriente hasta su ocaso gira por el mediodía y desciende por el aquilón, alegrando a toda criatura, sin que haya alguna que pueda es– conderse del calor de sus influencias. ¡Oh benignidad y poder de la dulcí– sima Pastora! ¡Oh felicidad la nuestra, si sabemos aprovecharnos de ella!. 111. ¿Pues qué diré de los males de pena con que en. castigo de nues– tras ingratitudes suele el Señor afligirnos? Es verdad que suelen ser me– dio para nuestro desengaño: Castigasti me et eruditus sum. Per.o .igual-; mente, como efectos de la divina indignación, deben ocasionarnos el ma– yor pavor. Estas penas o castigos, unos son temporales en .esta vida, otros después de ella. Contentémonos que para todos ellos se ·nos propo– ne el remedio en esa figurada Arca, nuestra Señora , si sabemos obligarla; 1. ¿Qué son las epidemias, las g·uerras, las hambres, los malos tem– porales, ya de lluvias, ya de sequedades, que esterilizan los campos, las plagas que destruyen los frutos, los terremotos, con otra multitud de males con que el Todopoderoso se nos deja ver indignado, porque no cesamos de ofenderle? Mas si en esos casos, arrepentidos buscareis el remedio en esa benignísima Señora, creed que lo conseguiréis. Basta, para que lo en– tendamos, leer la oración que hizo al Señor el más sabio de los reyes en su templo, arrodillado delante del Arca, cuando acababa de colocarla en él, y la respuesta que le dió su Majestad, concediéndole cuanto le había pedido. · Arma Dios a sus criaturas para que tomen veng·anza de los pecado– res: da su permiso al infierno para que los aflija , a los elementos para que lÓs molesten, a los mismos hombres, sus domésticos y hermanos, para que los persigan; ya se empeña para ejecutarlo por Sí propio. Pero si en . ese caso ocurrimos a la Virgen, todo cesa. Oigamos a san Bernardo: Sae– viat mundus, irascatur daemon, impervesetur Deus: Ma1ia ab iis omni– bµs, suis precibus, nos liberabit. ¿Qué más puede decirse? De aquí es el afirmar· algunos santos: jam dudum coelum et !erra ruissent, si non Ma– riae precibus substitissent. Por esto a todos nos llama: Transite ad me omnes... ¡Ojalá sepamos inclinar su protección sobre nosotros en tiem– pos tan deplorables! 2. Mas no pueden éstos equipararse con los males de la otra vida. Estos se expresan algo en aquella muerte duplicada con que amenazó Dios a nuestro primer padre: Marte morieris. Las horribles penas del pur~ gatorio, que aun a los justos amenazan, y los tormentos del infierno pre~ parados para los pecadores impenitentes, nos dan sobrado motivo para 31
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