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226 LA DIVINA PASTORA Y BL BTO. DIEGO J. DB C. mos, una casa de crianza para niñas huérfanas ni cuarteles suficientes pa– ra los soldados, etc. Levanté el g-rito hasta decir: No podían sus señorías, sin arriesgar y perder su alma, atender a dicha obra, abandonando esto– tras, aun prescindiendo de las fatales consecuencias en lo espiritual. «Ya, creo, llevaría horu y media de sermón; y para concluirlo fuí con– firmándolo con ejemplos terribles de la divina EscritLira: El er1·1 anima lua pro anima ejus: el sanguinem ejus de manu lua requiram; y que la vida más justa en lo peculiar o personal era perdida , si no se le agregaba este celo y solicitud; con el caso de Helí, a quien juró Dios por su divinidad que no lo perdonaría, y que , muriendo de repente , ,t,Jice san Crisóstomo que, Nomen ejus de libro vitae deletum es/, por su omisión. <Llamé la atención a sus discordias y al conocimiento del estado del pueblo. Traje el pasaje del profeta con el rey Acab (3. 0 Reg. 20, 40) cuan– do le dijo: Hoces/ judicium luum, ele. ; la parábola de Natán a David. y el Tu es ille vir. Tomé el s,rnto Cristo, les dije se estuviesen sentados , y ¡oh padre de mi corazón! lrruil in me spirilus irae furoris Domini. Con un fu– ror extraño, como ebrio de ira santa: Este es aquel Dios, (dije con grito formidable), que sin temor a los poderosos del mund·o sabe ahogar a un Faraón , acabar con un Senaquerib , y poner entre las bestias a un Nabuco. Este es aquel Dios, dije por segunda vez con mayor grito, y dando un fu– rioso golpe sobre la mesa con el pie de la cruz, salto hecha pedazos la ima– gen del Señor, y cayó por los suelos. Sentílo interiormente, pero ... , pro– seguí tres o cuatro minutos con aquel ardor; y, templado algo, puse la cruz sobre la mesa, y dando golpes recios con ella tendida , que Aquel así des– pedazado y muerto seria el Juez ante quien comparecerían, que El era el oprimido en usía , el perseguido en el pobre, el aban·donado en el huérfano, y el enfermo olvidado, el perseguido en el inocente. ¡Ese es, ese es, señor t · Véalo vuestra señoría; consulte ya lo que ha de ser con ese pobre; piénse– lo despacio, mientras yo voy a pedirle en la oración dé a vuestra señoría · la luz que necesita para su acertada resolución. Me salí de la sala con al – guna prisa, y con paso acelerado me vine al convento , me fuí al coro, y postrado en tierra estaría un cuarto de hora, pidiendo al Señor el feliz éxito. de todo » (1). La confusión y aturdimiento de los corregidores no es para descrito, pero dos días después los reunió el apóstol para entregarles el Crucifijo ya compuesto, dejándoselo en perpetua memoria , con la condición de que presidiese todas las sesiones del cabildo. Más movida , si cabe, fué la segunda misión celebrada el 1786 en plena primavera; porque llevando trece días de predicación sin más fruto que el de la asistencia material del pueblo , que seguía contumaz y aferrado en sus relajaciones, en una de las noches, cortando repentinamente el discur– so , como llevado de una inspiración, increpó a la muchedumbre por su dureza eri oír la palabra de Dios, sin practicarla, por la inutilidad de su asistencia permaneciendo en los pecados y vicios, por los cuales les ame– nazaba un castigo visible del cielo. Y sin hacer el acto de contrición, como solía, dijo que Dios le mandaba que huyera de un pueblo tan ingrato y, bajándose súbitamente del púlpito, se marchó al convento y se encerró en su celda (2) . l. Carca al P. Francisco J. González, 1 de diciembre de 1778. - 2 P. Serafín de Ardales, o. c., p. 64. .

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