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224 LA DIVINA PASTORA Y EL BTO . DIEGO J. DE C. Al aparecer el e·minentísimo señor cardenal llundain, llevando en sus manos la santa imagen del Crucifijo , el pueblo , todo conmovido, dob ló sus rodillas y comenzó a cantar: ¡Ay de mí! ¡ Yo soy el que os ofendí, y sois Vos el que padecéis, mi Dios! Los acentos de dolor de esta hiriente saeta rompían con la eclosión de su música y pensamientos la dureza de los corazones más diamantinos. Lloraban los hombres sumidos en la maldad de sus delilos y parecía que lloraban también las piedras qel temp lo ante la infinita bondad de Dios , que daba así su vi da por la oveja extraviada. Poco después, cambiando la escena, un coro de voces que rodeaba el estandarte de la Di vina Pastora, con acordes de maternal dulzura , que inun– daban de luz y viva esperanza a tanto corazón afligido , cantaba melodio– samente: A misión os llama, errantes ovejas, vuestra tierna Madre, la Pastora excel sa. Era el eco de la voz de fray Diego, que en otros días misionales , al predicar en la misma basílica su célebre sermón sobre el juicio final, du– rante el cual, presa de pánico el auditorio , creyó que flaqueaban las gigan– tescas columnas del templo y que tras ellas se desplomaban sus altas bóvedas . A la fuer te emoción patética del discurso sig·uió la dulce plegaria a la Divina Pastora; /nfer oves l ocum praesfa,-et ab haedis me secues– tra,-sfafuens in parle dexfra. El pueblo, henchido de fe y consolado con la protección de la Virgen, cantaba , mientras fray Diego, guión en mano , se dirigía a"! altar mayor: Divina Pastora, dulce ama_da prenda , dirige los pasos de estas tus ovejas. Mas ya arrepentidas y en llanto deshechas, buscan en tus brazos tu esperanza eterna. He ahí para lo que sirven estas coplas senci llas y populares, aunque algunos las acusen de poco valor literario.

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