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192 LA DIVINA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J. DE C. mayor viveza mi indignidad , mi i gnorancia y absoluta ineptitud para llenar la orden que vuestra paternidad muy reverenda me había dado de ir de misión a Ceuta; acobardado con este conocimiento, supliqué al Señor, con la eficacia que cabe en mi pobre espíritu , que o me exonerase de un encar– go tan sobre mis fuerzas o me concediese cuanto para desempeñarlo me faltaba, que nada menos era que ciencia y virtud. Invocaba en mi protec– ción a la sa ntísima Virgen mi Señora y al señor san Ildefonso titular de es ta iglesia; seg·uía en esta súplica cuando sentí en mi interior una nove– dad que no sé explicar; a poco sentí una especie de terremoto o huracán muy fuer te que me hizo temblar y tánto , que cubierto con un pico del man– to me postré en 1i erra, pero a poco oyendo una voz extraña y serenado al extremecimi ento , me levanté y vi a un r espetable personaje rodeado de al– guna luz, revestido como para celebrar , pero con mitra. Temí más; pero me habló , y dijo: - Sosiégate, no temas: Yo soy Ildefonso que protejo es– te templo , oras en él y he presentado a Dios tus ruegos e intercedido en tu favor, como lo ha hecho mi Señora la Virgen María , y ten por cierto que se te concederá lo que pides para la mis ión a que estás des tinad o ahora, y para otras muchas a que irás después. Por tu predicaci ón quiere nuestro Dios convertir a muchos pecadores, ni te faltará ciencia ni inteli– gencia en las Sagradas Escrituras; con abundancia serás en ellas instrui– do, por tu lengua triunfará el Señor de la falsa sabiduría de muchos. E s– pera siempre en su misericordia , procura servirle con amor, y no temas: que no prevalecerán contra tí sus enemigos. Toma este libro, cómetelo , y ve confiado y sin miedo a la misión.-Recibí muy animoso el libro , la vi – sión desapareció , y aunque yo desde luego sentí e.n mi interior mucha tranquilidad , mucha dulzura, y particularísimo deseo .de ir cuanto antes a Ceuta, todo es to sería aprensión o sueño, porque ¿quién soy yo, ceniza , y polvo para que tal fav or se me concediese? Esto es, padre mío, lo que puedo decirle en el particular » (1 ). Esta es la confesión que hubo de hacer fray Diego, constreñido por la la obediencia; pero allí había algo más extraordinario, que un compañero suyo lo explica de este modo : «¿Qué debemos inferir, sino que el Señor consoló a este su siervo, manifes tándole claramente su voluntad y que al modo que el Espíritu Santo vino con semejante ruido y espanto al Cená– culo sobre los apóstoles y discípulos del Señor, vino también sobre él en la sobre dicha iglesia, para colmarlo de sus más preciosos dones y entre ellos del de su celestial sabiduría?» (2). Ahora bien , si el col egio apostólico recibió al Espíritu Santo por me– diación de la Virgen , que como Pastora amantísima guardaba a aquella pequeña grey, huérfana del Pastor Divino , también recibe fray Diego la gracia del Espíritu Consolador por aquel mismo conducto mariano , como se lo dijo san Ildefonso y lo afirmó el mismo fray Diego a su padre pro– vincial: «Invocaba en mi protección a la Virgen Santísima , mi Señora ... , seguía en es ta súplica, cuando sentí en mi interior una novedad , que no sé explicar.,.» Era la infusión del Espíritu Divino , el mejor don y el más pin gue pasto que podía obtener la celestial Pastora para su apóstol , que tanto la había de glorificar en todas sus misiones. 1. P. Luis Antonio, o. c., pp. 441 y s. - 2. P. Antonino de Ardales, o. f. c., pp. 46 y s.

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