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DESCENSO DEL ESPÍRITU SANTO SOBRE FR. DIEGO 191 ven; pero al siervo de Dios le parece mirnr un varón venerable con mitra y báculo, y un libro en la mano, que le habla de esta manera: « Yo soy J/defonso, filular y protector de-este templo y de los que oran en él; he presentado a Dios -Jus ruegos y a mi Señora la ,Santísima Vir– gen María, y ten por cierto que conseguirás Jo que has pedido para cum– plir con la misión a que estás destinado y en cuantas harás después no te faltará ciencia, tendrás inteligencia de las Santas Escritmas y por tu medio triunfará la verdad, de la falsa ciencia de muchos. Vive en el santo temor de Dios, en cuyo nombre te hablo; procura servirle con todo esme– ro; toma este libro y cómete/o; ve alegre y confiado a donde la obedien– cia te destina » (1). La m1sión debió ser de tal importancia y envergadura que fué preciso que aco :npañaran al novel apóstol su maestro el padre Francisco José de Cádiz, el padre Buenaventura de Arda les y el padre Pedro José de Cabra, guardián del convento (2). Los efectos de esta predicación fueron extraor– dinarios: .-Entre otros frutos-escribe fray Diego-nos dió el Señor el consuelo de que se bautizase un turco y un gl:lineo , y los bullicios y casos comunes d.> sa1iidades por las cedulitas de nuestra Señora » (J). Pero el re– ferido padre Ardales nos ha legado una página tan interesante en lo que se refiere al fruto de la misión, como también por el retrato que hace del cm– biente moral de Ceuta anterior a ella y del que sobrevino después de mi- sionar fray Diego. , «El suceso-dice-correspondió a los d€seos y nada aventuraría en decir que excedió. Porque la reforma fué general: el fruto copiosisimo en todas lí:-ieas y muy singular el que produjo en las señoras militaras, en su modestia y honestidad, que a ti!ulo de marcialidad lqs halló inmodestísi– mas. Se reformaron las costumbres , cesaron las blasfemia§ y palabras impuras, y acudían todos a porfía a confesar sus culpas, siendo tanta la moción, que aun no bastaban los confesores . Por esto dijo muy oportuna– mente un sabio prelado de una de aquellas religiosísimas Familias a su ilustdsima: Ya, señor, hemos encontrado al hombre que buscábamos, este es el hombre de la Piscina. Ceuta era una ciudad y presidio de peca– dos, y por la predicación del padre fray Diego se convirtió en un pueblo peniten te y edificativo cual otra Nínive... » (4). Tales son los rumores que corrían de un lugar a otro hasta llegar al palacio del obispo de Málaga, agigantando la figura del taumatúrgico após– tol. Pero donde lcr conmoción tocaba al pasmo era en el convento capuchi– no de Librique. Los frailes no podían olvidar ni explicarse lo que sucedió en su iglesia antes de partir fray Djego para Ceuta. Vino poco después el padre provincial a la visita canónica y avisado de lo que había ocurrido, aprovechó el momento de verse a solas con fray Dieg·o y le mandó por santa obedie1icia que le descubriese todo el misterio de lo que en aquella célebre noche oyeron y vieron algunos religiosos del convento. Doblando sus rodillas ante el Crucifijo, que estaba sobre la mesa, hu– mildemente le contestó: Padre mío, «en la oración de aquella noahe se me re presentó con la 1. fa MISIONERO CAPUCHINO, pp. 17 y s. - 2. P. Luis Antonio, o. c., p. 441 y Crónicas del conv. de capes. de Ubrique, f. 36, donde se dice que el P. guardián es el arriba citado y no el que traen alguna¡; VmAs del Bto. Diego.-3. Carta al P. Francisco J. González, 13 de sep. del ~779. -4. o. c., p. 18.

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